En un escenario construido con las estadísticas oficiales que promociona el Gobierno, la Argentina de Javier Milei es un mundo feliz: la pobreza baja al menor nivel de los últimos siete años, la actividad económica llega a niveles máximos, el equilibrio fiscal se sostiene. Pero, en simultáneo, cada vez más personas aseguran que su presente no se condice con los éxitos que ensalza el presidente ultra, un cortocircuito señalado no solo por sus detractores sino incluso por referentes de la ortodoxia económica, afines a sus políticas. ¿Los datos oficiales son falsos? No, pero son promedios que no alcanzan a describir una realidad socioeconómica desigual y fragmentada. Y conviven con otros datos, también oficiales, como el aumento del desempleo. O la aceleración de la inflación, cuyo freno había sido el principal logro de Milei y hoy no baja del 3% mensual. En ese contexto, el malhumor social se expande, atizado por escándalos de corrupción: casi todas las encuestas de opinión alertan que la imagen del presidente está en su peor momento.
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