Se cuenta en los corredores de la memoria académica que, en una tarde fría en norteamerica, Ludwig von Mises, ya viejo, pero con la lucidez acerada del acero vienés, subió a un podio prestado en un auditorio abarrotado de Harvard y en apenas treinta minutos demolió con la severidad de un martillo los más reputados baluartes del pensamiento socialista universitario.
Frente a él se sentaban John Kenneth Galbraith, Paul Samuelson y Wassily Leontief, tres luminarias económicas que encarnaban la más sofisticada arquitectura de la economía planificada.
Y sin embargo, en ese auditorio repleto de estudiantes neo-marxistas incrédulos, Mises no debatió opiniones políticas ni emitió juicios ideológicos: el austríaco se limitó a enunciar, con voz de juez irrevocable, leyes de hierro tan inexorables como la gravedad newtoniana.
En esa media hora, según se murmura, Mises desplegó tres argumentos de tal contundencia lógica que Harvard, para preservar su prestigio, prefirió que la grabación filmográfica de aquel duelo desapareciera en las bóvedas del olvido.
Esos tres argumentos no son meras reliquias escolásticas, sino la llave científica para entender por qué Venezuela, Nicaragua, Cuba y la América Latina permanece sumidas en el experimento estatista, y marcharon todos como autómatas ciegos hacia el abismo económico.
Primer argumento: La imposibilidad del cálculo económico:
Ludwig Von Mises comenzó con la precisión de un cirujano: «Sin precios de mercado originados en intercambios voluntarios de propiedad privada, no existe brújula alguna para orientar la asignación de los recursos.»
En ausencia de precios libres, expresiones condensadas de la escasez relativa y de la preferencia temporal de millones de individuos, la planificación central es un navegar sin estrellas en la noche: carece de criterio para decidir si una tonelada de acero debe convertirse en puentes, en tractores o en bayonetas.
Samuelson replicó con ecuaciones de equilibrio general, pero Mises lo cortó con una frase lapidaria: “Los números en el pizarrón no sustituyen la experiencia viva del intercambio en el mercado; los modelos no generan precios, solo sombras de precios”.
Esa imposibilidad no es mera ineficiencia: es ontológica, insalvable, y condena a cualquier economía socialista a la ceguera contable y al despilfarro sistemático.
Hoy lo vemos en la PDVSA chavista que produce a pérdidas con el petróleo más barato extraído en el planeta, o en Cuba donde la caña de azúcar se pudre mientras los anaqueles languidecen: Estás son manifestaciones de la misma ley inexorable descubierta por Mises en 1920.
Segundo argumento: La arrogancia de la planificación central.
El segundo embate fue contra Galbraith, quien defendía la supuesta capacidad de los “sabios técnicos” para corregir las “fallas del mercado”. Mises lo pulverizó con un razonamiento tan elegante como devastador: ningún comité, por más docto, puede condensar en su intelecto el océano cambiante de conocimientos dispersos en la mente de millones de actores individuales.
Ese conocimiento no es estático ni centralizable; es fragmentario, subjetivo, circunstancial, y solo se coordina a través del mecanismo dinámico de precios libres. El planificador cree poder sustituir la cooperación espontánea de millones de almas, por el autocrático designio de su oficina, pero en ese mismo acto incurre en lo que Hayek, discípulo de Mises, llamaría “la fatal arrogancia”.
Los socialistas replicaron con matrices insumo-producto de Leontief, pretendiendo cuantificarlo todo. Mises sonrió con ironía y dijo: “Los hombres no viven de coeficientes técnicos; viven de valoraciones subjetivas, que cambian a cada instante y que ningún burócrata puede nunca alcanzar a predecir”.
¿No es eso exactamente lo que ocurrió en Venezuela cuando se centralizó la importación de alimentos, suponiendo absurdamente que un ministerio burocrático podía anticipar qué comerían treinta millones de bocas diversas?
El resultado fue escasez, desabastecimiento, colas, hambre y contrabando: la arrogancia del planificador premeditado devorada por la realidad del mercado.
Tercer argumento: La inviabilidad intertemporal del socialismo.
El tercer golpe, el más profundo, fue dirigido contra la teoría de Samuelson que soñaba con un “socialismo de mercado” donde el Estado pudiera reproducir artificialmente los precios. Mises respondió que incluso si mágicamente se pudieran fijar precios “como si” fueran de mercado, carecerían del ancla esencial: el cálculo económico intertemporal.
El mercado, dijo, no es un mecanismo estático, sino un proceso de descubrimiento donde el tipo de interés transmite la preferencia temporal de los individuos, es decir, la relación entre consumo presente y ahorro para el futuro. Sin propiedad privada del capital ni competencia en los mercados de crédito, no existe tasa de interés genuina; y sin esa tasa, no hay criterio racional de inversión ni posibilidad de coordinar la estructura temporal de la producción.
De allí que todo socialismo esté condenado a agotar el capital acumulado, consumir los cimientos de la prosperidad y degenerar en racionamiento, inflación y ruina. Lo que hoy padecemos en Venezuela, la destrucción de PDVSA, la hiperinflación, la fuga masiva de capital humano, no es un accidente histórico: es la consecuencia lógica, necesaria, de la negación de la tasa de interés y del cálculo económico que Mises describió con precisión casi profética.
El auditorio de Harvard quedó enmudecido. Samuelson balbuceaba extraviado ecuaciones sin vida; Galbraith esgrimía metáforas sociológicas inconexas; Leontief mostraba desconcertado sus tablas. Pero Mises ya había implosionado todo el edificio socialista con un razonamiento que no era ideología sino ciencia pura.
Por eso la conferencia fue convenientemente sepultada en silencio: el video se perdió, ya que admitir este despliegue de razones lógicas equivalía a reconocer que la planificación socialista no era solo ineficiente, sino metafísicamente imposible, como pretender construir un puente ignorando la ley de gravedad.
Los socialistas de hoy prefieren que estos argumentos permanezcan ocultos, porque al recordarlos queda desnuda la verdad: que sus proyectos no fracasan por traiciones ni por falta de voluntad, sino porque violan leyes inmutables de la cooperación humana.
De los tres argumentos, el que más me impacta en lo personal, y que considero la espada más brillante de la ciencia austríaca, es el tercero:
La inviabilidad intertemporal del socialismo. Porque nos revela que no se trata solo del desorden presente, sino de una condena futura:
Toda sociedad que niega la función del interés como coordinador intertemporal está destinada a consumir su capital, arruinar su futuro y empobrecer a sus hijos.
Y esa, precisamente, es la grave tragedia que se despliega ante nuestros ojos vidriosos y corazones sangrantes, en el infierno terrenal de la Venezuela chavista.