Texto de Derwin Eduardo García.
Las noches en Caracas entre 2015 y 2017 tenían una forma peculiar de tragarse la esperanza. Bastaba con que el reloj marcara las 6:00 pm para que la luz se despidiera sin promesa de regreso. Entonces, la ciudad entera quedaba envuelta en una oscuridad espesa, no solo eléctrica, sino emocional. Era como si el país entero hubiera aprendido a sobrevivir con poco. A veces, lo único que se escuchaba era el zumbido lejano de una planta eléctrica, el ladrido de un perro o el eco de un grito sin destinatario.
Fue en una de esas noches, una cualquiera, una como tantas otras, cuando supe que todo estaba a punto de cambiar. No porque la oscuridad fuera nueva, sino porque, esta vez, había llegado también para quedarse dentro de mí.
Mi nombre es Derwin, y tenía 13 años de edad cuando mi madre comenzó a morir. Lo supimos tarde, como se saben las cosas importantes en Venezuela: cuando ya es demasiado tarde. Cáncer de pulmón, dijeron. Como si eso pudiera resumir todo lo que venía después: las carreras a hospitales sin insumos, los medicamentos imposibles de conseguir, las oraciones, la impotencia. Pero más que eso, el silencio. Ese silencio espeso que llenaba la casa cuando ella dormía demasiado, cuando comía poco, cuando mis hermanos no decían nada para no romperme.
Vivíamos en La Pastora, donde las paredes eran delgadas, los rumores rápidos y la tristeza lenta. La comida escaseaba, el transporte fallaba, la escuela se convertía en un campo minado de ausencias. Pero lo más duro no era eso, sino ver cómo mi mamá, quien siempre había sido fuerza y ternura en partes iguales, comenzaba a apagarse como las luces de la ciudad.
Yo sentía que el mundo estaba en mi contra. Que cada día era una trampa, una prueba que no había pedido. Pero en medio de todo ese caos, algo dentro de mí se aferraba con furia a la idea de no rendirme. A veces era una promesa muda, otras veces solo el recuerdo de su voz diciéndome: “Ay papi, tengo miedo de dejarte solo”.
Esta es la historia de cómo, en medio de la peor oscuridad, aprendí a encender mi propia luz.
En 2015 y 2017, sentía que Venezuela era una olla de presión a punto de estallar. Y no porque lo dijeran en las noticias, que eran un eco cada vez más lejano en un televisor apagado por los cortes eléctricos, sino porque se sentía en la piel, en el estómago vacío, en el ánimo colectivo. El país entero era un cuerpo enfermo, caminando a duras penas, arrastrando los pies por las calles desbordadas de basura y tristeza.
La escasez no era solo una palabra que aparecía en los titulares. Era una fila de siete horas bajo el sol para comprar un kilo de harina. Era ver a las madres en los mercados hurgando entre anaqueles vacíos, con los ojos hundidos de frustración. Era el bachaqueo—la reventa ilegal de productos con precios regulados—, el número de cédula que te tocaba tal día, el trueque improvisado: un paquete de pañales por dos litros de aceite.
Yo lo viví todo desde la mirada de un adolescente que aún no entendía completamente la política, pero que sentía sus consecuencias como un escalofrío que recorría la nuca. Escuchaba a mi abuela hablar con otras vecinas sobre cómo la plata no alcanzaba ni para un antibiótico, de cómo el sueldo mínimo se esfumaba en una sola visita a la farmacia, si es que había algo que comprar. Y mientras, mi mamá se consumía poco a poco en una cama que parecía demasiado grande; el país entero parecía enfermar al mismo ritmo.
Los hospitales eran mausoleos modernos. Las camillas estaban oxidadas, las salas sin aire acondicionado, los médicos agotados o ausentes porque habían emigrado en masa. Recuerdo un día que fuimos al Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño y el doctor nos miró con pena antes de decirnos que no había rayos X, ni morfina ni nada. Nada. Esa palabra se volvió el nuevo himno nacional en aquel entonces.
En el liceo, había más pupitres vacíos cada semana. Algunos compañeros se habían ido del país, otros simplemente dejaron de asistir. Las protestas se convirtieron en la banda sonora de las tardes: bombas lacrimógenas, barricadas de basura, gritos que se metían por las ventanas como oraciones rotas. Los vecinos hablaban con miedo, con rabia, con resignación. Yo solo trataba de no venirme abajo. No podía. Mi mamá me necesitaba fuerte, entero, aunque por dentro estuviera hecho pedazos.
Y así era todo: un país en ruinas, una casa a oscuras, una madre enferma y un muchacho que se negaba a ceder. Porque si uno se dejaba caer, no había quien lo levantara. Ni gobierno ni sistema ni milagro.
Mi mamá no era de las que se rendían. Era una mujer de carácter fuerte, de esas que se levantan a las 5:00 am con o sin luz, con o sin café y siempre con dolor. Había crecido en tiempos duros y siempre decía que la vida te enseñaba a pelear desde temprano. Por eso, cuando comenzó a sentirse mal, no quiso hacer mucho ruido. “Debe ser la tos, o un virus que anda por ahí”, decía, restándole importancia mientras seguía barriendo, cocinando, atendiendo a todos menos a ella misma.
Pero la tos no se fue, se volvió una constante. Primero seca, luego áspera, después quedó afónica. Para cuando fuimos al médico tras meses de insistencias, rezos y silencios, ya era tarde. Cáncer de pulmón, en etapa avanzada. Ni siquiera pudimos detenernos a llorar como se debe. No había tiempo. No había medicinas. No había nada.
Las consultas eran esporádicas y frustrantes. Algunos doctores ya ni cobraban, solo pedían disculpas. La quimioterapia era un privilegio de quienes podían pagarla en dólares, y mi familia hacía lo que podía. A veces mi mamá me miraba con los ojos rojos del dolor y me pedía perdón. “Lo siento, hijo, no quiero que me veas así.” Y yo, con 13 años, sentía que el mundo entero se me caía encima y no tenía a quien decírselo.
Recuerdo una vez que conseguimos un suero que aliviaba el dolor, gracias a una vecina que tenía familia en Colombia. Fue como encontrar oro. Agradecimos a Dios por ese milagro, como si fuera casi imposible encontrar ese medicamento. Era absurdo: un país petrolero donde una madre tenía que esperar su tratamiento como si fuera otra cola más para comprar comida.
Mi familia hacía lo que podía. Caminaba horas para buscar remedios, llamaba a parientes en el exterior, pasaba noches sin dormir. Pero la enfermedad avanzaba más rápido que nuestros esfuerzos. El cáncer, implacable, no entendía de promesas ni de amor. Se instaló en los huesos, en la voz, en la mirada. Poco a poco, fue apagando a esa mujer fuerte que me enseñó a ser valiente.
Los últimos días fueron los más duros. Ella apenas podía hablar. Recuerdo una ocasión en la que pasé a escondidas a su habitación del hospital, y para mis adentros me decía “No vayas a llorar, ella no te puede ver así”. A veces me contaba cosas entre sueños: su infancia, su miedo de dejarme solo, su rabia por no haber podido hacer más. Me hablaba como si aún tuviera fuerzas, como si no estuviera vencida. Pero yo sabía. Yo sentía que nos estábamos despidiendo sin decir adiós.
La noche en que murió no hubo llanto, solo silencio. Un silencio que llenó la casa, el pecho, las paredes. Un silencio que todavía escucho cuando cierro los ojos. Fue como si el país entero se hubiera detenido por un momento para acompañarme en ese dolor, aunque al día siguiente todo siguiera igual: colas, apagones, escasez.
Mi mamá no perdió contra el cáncer, perdió contra un sistema que no la dejó luchar, contra un país que la obligó a rendirse. Y yo, con el corazón hecho trizas, supe que tenía que vivir por los dos. Porque ella lo habría querido así.
Después de su muerte, no hubo tiempo para el luto. El dolor tenía que apretujarse entre las colas para el gas, los apagones y las tareas del liceo. Nadie te enseña a ser fuerte cuando pierdes a tu mamá, y menos en un país donde la muerte se volvió rutina, donde las despedidas eran breves, frías y a veces, ni siquiera posibles.
El velorio fue modesto, una cremación porque era lo más barato. Allí vi por última vez el rostro de mi madre, pálido pero sereno. Recuerdo que la gente llegaba, abrazaba en silencio y se iba rápido. Todos tenían prisa. No por falta de afecto, sino porque en Venezuela incluso el duelo tenía fecha de caducidad. Las funerarias no se daban abasto, el transporte era escaso y el hambre no esperaba.
Mi papá intentaba mantenerse firme, pero se le quebraba la voz al mirar su retrato. Mis hermanos, quebrados en llanto, no entendían del todo qué fue lo que pasó. Yo solo quería que el tiempo se detuviera. Quería llorar a gritos, pero me contuve. Tal vez por miedo, tal vez porque sentí que si me rompía, nadie iba a poder recogerme después.
La noche antes de que la cremaran llegué a la casa y me encerré en mi cuarto, y sentado en la cama recordé sus palabras, unas que me decía cuando me acariciaba y me miraba a los ojos: “A ustedes, a mis hijos, siempre les di el amor que nunca recibí de pequeña”.
Me lo decía con los ojos llenos de lágrimas, no de dolor, sino de una ternura que me traspasaba el pecho. Esa frase quedó tatuada en mí como un mandato silencioso, como un refugio al que siempre vuelvo cuando me siento perdido.
Cremarla fue como dejar ir una parte de mí. El camino al cementerio parecía eterno, lleno de huecos, baches y ruido. Un país descompuesto, acompañando a una madre que se fue sin haber tenido nunca una tregua. No hubo música ni discursos ni despedidas largas. Solo silencio y llantos ahogados.
Volvimos a casa y todo seguía igual: los mismos apagones, el mismo gas que no llegaba, la misma nevera vacía; pero dentro de mí todo había cambiado. Su ausencia no era solo física, era un hueco en la rutina, en los almuerzos sin sazón, en las noches sin su voz.
Ese fue el comienzo real de mi lucha. Ya no solo se trataba de sobrevivir en Venezuela, era no dejar que su amor, su fuerza y su historia se perdieran en el olvido.
Después de la muerte de mi madre no hubo una epifanía repentina. No me levanté una mañana con fuerza renovada ni sentí que todo tenía un propósito. No. Al principio fue solo inercia. Hacer lo que debía hacer porque alguien tenía que hacerlo. Ir al liceo porque mi madre me lo habría exigido y preparar algo de comer con lo poco que había para seguir con la rutina.
Pero poco a poco, ese impulso obligado se volvió algo más. Se transformó en una especie de fuego tenue, un compromiso interno que nadie me pidió, pero que sentí que debía asumir. Yo había perdido a mi madre, sí, pero no podía permitir que también se perdiera todo lo que ella me había enseñado. Ella había sembrado en mí un amor profundo por la vida, incluso en sus formas más crudas. Y yo quería honrar eso, aunque el país entero se empeñara en hacerme desistir.
Estudiar se convirtió en mi pequeño escape. Mientras otros desertaban por necesidad o desesperanza, yo resistía con lápiz y cuaderno. A veces, sin luz, otras veces comiendo poco. Pero allí estaba, aferrado a mis apuntes como quien se agarra a una tabla en medio del naufragio. Soñaba con ser periodista, contar lo que otros callaban, darle voz a los que ya ni siquiera tenían fuerzas para gritar. Tal vez porque yo mismo necesitaba que alguien contara mi historia.
No fue fácil. Hubo días en los que sentí que el país me escupía en la cara, días en los que una arepa con queso era el único alimento del día. Días en los que los zapatos se rompían y no había con qué reemplazarlos. Pero también había pequeñas victorias: una profesora que me felicitaba por un ensayo, un vecino que compartía su pan, una tarde sin apagones. Cosas mínimas que, en un contexto como el nuestro, se sentían como milagros.
Y aprendí algo importante: la resiliencia no es la ausencia de dolor, es la decisión de no dejar que el dolor te defina. No era más fuerte que nadie, no era un héroe. Era solo una persona a la que le tocó perder a su madre demasiado pronto, en un país que parecía ensañarse con los que todavía soñaban. Pero aun así, decidí seguir. Por ella, por mí, por los que vendrán después.
Hubo una noche en particular, meses después de su partida, en la que me quedé solo en la sala, con una vela encendida porque la luz se había ido otra vez. Recordé una de las conversaciones con mi mamá, cuando de alguna manera, y sin saberlo, me preparó para su partida: “Tienes que aprender a hacer tú mismo tus cosas, no puedes depender de nadie”. Una enseñanza dura pero real que me formó para afrontar lo que me venía.
Lloré en silencio. No por tristeza, sino porque entendí que en medio de toda esa oscuridad yo todavía brillaba. Tal vez tenue, tal vez tembloroso, pero brillaba. Y decidí que no importaba cuánto tiempo tomara, iba a salir adelante. Iba a estudiar, a crecer, a contar historias. Iba a ser lo que ella soñó para mí, porque su amor fue la raíz, y yo, su hijo, soy el brote que no se dejó marchitar.
Hay heridas que nunca cierran del todo. Uno aprende a vivir con ellas, como quien se acostumbra a caminar con una piedra en el zapato. No dejan de doler, pero ya no te detienen. Así me siento cada vez que pienso en mi mamá, en su voz que aún escucho en mis silencios, en la manera en que su ausencia me enseñó a ser más fuerte de lo que jamás imaginé.
Venezuela me quebró muchas veces. Me quitó a mi madre, me negó el derecho a un duelo digno, me enfrentó a un mundo adulto cuando apenas era un muchacho que solo quería ser feliz y volver a casa con una chicha en mano. Pero también me forjó. Me hizo crecer sin permiso, y en el proceso, me mostró que la dignidad no se pierde mientras uno decida seguir de pie.
Hoy no escribo desde la comodidad del olvido, sino desde la memoria activa. La que arde. La que duele. La que transforma. Esta crónica no es solo mía, es de todos los venezolanos que vieron morir a sus padres por un sistema que los abandonó. De las madres que dieron todo sin recibir nada. De los que hicieron colas interminables con un libro bajo el brazo porque no se resignaban. Es para los que resisten. Para los que sueñan con volver, o con quedarse y reconstruir.
Si algo me enseñó todo este camino es que incluso en el peor de los apagones hay luces que no se apagan. La voz de mi mamá, por ejemplo, aún me guía. Su fuerza vive en cada palabra que escribo, en cada meta que me propongo, en cada pequeño acto de amor que tengo hacia los demás.
Y a quienes hoy sientan que el mundo está en su contra, que todo se derrumba y que la esperanza no alcanza, les digo esto: no están solos. Su historia importa. Su lucha vale. No se rindan. Aunque todo duela, aunque tiemble, la esperanza sigue viva. Yo soy prueba de eso.
Y mientras haya alguien que cuente estas historias, mientras haya quien ame como ella me amó, incluso aunque el país se desmorone, entonces todavía habrá futuro.