El poder mediático se refiere a la influencia que los medios de comunicación tienen sobre la opinión pública, la cultura y la política. A través de la difusión de información, los medios pueden moldear percepciones, influir en decisiones y, en algunos casos, convertirse en poderes facticos. El poder mediático en Venezuela es un tema complejo y muy debatido, caracterizado por una profunda polarización y una transformación radical en las últimas décadas. Su historia está ligada al desarrollo económico del país y a los cambios políticos, especialmente a partir de la llegada del gobierno de Hugo Chávez en 1999.
Si visualizamos el Contexto histórico. El sometimiento que demuestran la mayoría de los medios de comunicación en nuestro país también tiene toda una intencionalidad que es ocultar el desencanto que comienza a emerger dentro de las filas Chavistas, capital estratégico para la sobrevivencia de la revolución Bolivariana. Para los técnicos en gestión pública, el desconcierto en la planificación del gobierno, a pesar de contar con tantos recursos, hace que en lugar de “Gobierno de Calle se deba hablar de gobierno en la calle”. Muchos expertos se atreven incluso asegurar “La capacidad de gestión pública del gobierno de Venezuela entre 1999 y 2014, en relación con los recursos económicos que ha recibido, es la peor gestión en la historia venezolana.
Un poco de historia, en el periodo democrático (1958-1999): Los medios de comunicación, especialmente la televisión, se consolidaron como grandes grupos empresariales en manos de unas pocas familias. Venevisión y RCTV (Radio Caracas Televisión) eran los principales actores, con una gran influencia en la opinión pública y la cultura. La prensa, aunque con sesgo partidista en el siglo XIX, se desarrolló como un modelo empresarial en el siglo XX, con diarios como El Nacional, Últimas Noticias y El Universal. Revolución Bolivariana (1999-presente): Con la llegada de Hugo Chávez, el panorama mediático venezolano experimentó una transformación significativa. El gobierno chavista desarrolló una estrategia de comunicación para consolidar su poder, lo que incluyó: reación del Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (SiBCI): Un conglomerado de medios de comunicación estatales que incluye canales de televisión (VTV, Telesur, TVes), emisoras de radio (Radio Nacional de Venezuela, YVKE Mundial) y periódicos, que se han convertido en el principal vocero del gobierno. Regulación y control: A través de leyes como la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión (Ley RESORTE), el gobierno ha ampliado su capacidad de regular y sancionar a los medios, incluyendo a los medios electrónicos y las redes sociales. Adquisición y cierre de medios privados: Numerosos medios privados, incluyendo importantes periódicos y emisoras de radio y televisión, han cerrado o han sido vendidos a empresarios con vínculos con el gobierno. Esto ha llevado a una reducción drástica del pluralismo mediático. RCTV, por ejemplo, no se le renovó la concesión de transmisión en 2007, y El Nacional dejó de circular en su edición impresa.
Ahora bien, el panorama mediático actual: Dominio del Estado: El gobierno venezolano ha expandido su poder mediático hasta convertirse en el segundo grupo de comunicaciones más grande del país. La mayoría de los medios de comunicación masivos están bajo control estatal o han sido influenciados por las políticas gubernamentales. Contracción de medios privados: La cantidad de medios privados ha disminuido drásticamente. Cientos de periódicos y emisoras de radio han cerrado en los últimos años debido a la falta de fondos, la censura y las dificultades para obtener insumos como el papel. Surgimiento de los medios digitales: En este contexto de control y cierre de medios tradicionales, las plataformas digitales y las redes sociales se han convertido en una vía alternativa y crucial para que los ciudadanos accedan a información independiente. Sin embargo, estos medios también enfrentan desafíos, como la censura en línea y las campañas de desinformación.
Aspectos clave del poder mediático Chavista: Censura y autocensura: Aunque la Constitución venezolana garantiza la libertad de expresión, organizaciones como IPYS (Instituto Prensa y Sociedad) han denunciado la falta de libertad de información y la censura. Muchos medios y periodistas han optado por la autocensura para evitar represalias. Concentración y pluralismo: La concentración de medios en manos del Estado o de grupos afines al gobierno ha afectado gravemente el pluralismo y la diversidad de opiniones en el país. Esto contrasta con el modelo de concentración de medios en manos de grandes grupos empresariales que existía antes de 1999. Desinformación y «fake news»: La polarización política se ve reflejada en un ecosistema mediático donde la desinformación es un problema grave. Tanto el gobierno como la oposición son acusados de utilizar campañas de desprestigio y noticias falsas para influir en la opinión pública.
El poder mediático en Venezuela se ha transformado de un modelo de dominio de grandes grupos empresariales privados a un sistema donde el gobierno tiene un control significativo sobre la información a través de su propio conglomerado de medios y de una estricta regulación, lo que ha reducido el espacio para la prensa independiente y ha forzado a los ciudadanos a buscar fuentes alternativas de información. En nuestro país observamos a diario como el gobierno utiliza a un marketing político para transformar la verdad, la significación está en las imágenes.
El desafío de la oposición política siempre estará enfrentar una gestión desorientada y cargada de muchos vicios, que tiene un control férreo de más 90% de los medios de comunicación y continúa comprando más espacios mediáticos para arropar sus fisuras en sus desaciertos de un modelo político llamado Socialismo de Siglo XXI que para muchos venezolanos fracaso. Aquellos que plantean un supuesto dilema ético entre virtud política y eficiencia comunicacional, deben comprender que no se trata de una batalla entre platónicos y sofistas. Nada de esto es fácil comprenderlo a primera vista, porque vivimos inducidos para vivir tiempos violentos, por razones de intereses políticos y económicos por parte de una revolución que se quiere eternizar en el poder central.
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