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sábado 30 de agosto 2025
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Omar González MorenoOpinión

Maduro derrotado, por Omar González Moreno

En un intento desesperado por mostrar fuerza y cohesión, Nicolás Maduro convocó a la Milicia Bolivariana bajo el pomposo nombre de «Soberanía y Paz».

Lo que prometía ser una demostración de poder y respaldo popular se convirtió en un reflejo crudo de su creciente aislamiento.

Plazas desiertas, cuarteles semivacíos y un silencio ensordecedor marcaron una jornada que, lejos de fortalecer al régimen, expuso su fragilidad ante los ojos de Venezuela y del mundo.

La Milicia Bolivariana, creada como un pilar de la revolución chavista para supuestamente defender la soberanía nacional, no respondió al llamado del dictador.

Las imágenes de espacios públicos abandonados, donde apenas se observaron unos poquísimos concurrentes, la mayoría obligados por el régimen, son un golpe devastador para la narrativa de Maduro.

Este fracaso no es solo logístico; es un símbolo del hartazgo de un pueblo que ya no cree en las promesas vacías de un régimen que ha sumido al país en la miseria, la represión y el éxodo.

La oposición y las organizaciones sociales no tardaron en interpretar esta ausencia como un veredicto ciudadano, del rechazo contundente a un dictador que se aferra al poder a costa del sufrimiento de millones de ciudadanos.

En un país donde la inflación, la escasez y la violencia han destrozado el tejido social, la falta de apoyo a la Milicia evidencia que el miedo ya no es suficiente para someter al pueblo.

Los venezolanos, agotados por años de destrucción, saqueo y propaganda, han decidido darle la espalda a un régimen que ha sido caracterizado como una organización criminal, narcotraficante y terrorista.

Este episodio marca un punto de inflexión.
Maduro, cada vez más aislado, enfrenta no solo la condena internacional, sino también la indignación del pueblo venezolano.

La Milicia, que alguna vez fue presentada como el brazo armado del chavismo, hoy parece otro mito, otra invención, otro embuste al mejor estilo cubano-castrista.

Mientras el régimen se tambalea, la esperanza de un pueblo que anhela libertad y justicia crece en las calles, en los barrios y urbanizaciones y en la resistencia silenciosa de quienes, con su ausencia, gritan más fuerte que nunca: «¡Basta ya!».

El fracaso de esta jornada no es solo un traspié para Maduro; es una señal inequívoca de que el tiempo del régimen se agotó.

Venezuela, a pesar del dolor y el sufrimiento, está lista para darle el puntillazo final. Y en ese despertar, la soledad de un dictador y fugitivo se vuelve el preludio de un nuevo amanecer para una nación que no se rindió nunca.

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