“En póker, como en poder, no se trata solo de la mano que recibes, sino de cuántas salidas tiene tu rival: cuando no le queda ninguna, la partida ya está decidida.”
Autor anónimo
En el tablero del poder global, las piezas se mueven con la misma lógica implacable de un ajedrez de alto nivel: anticipación, cálculo, presión sobre los puntos débiles del adversario. Sin embargo, la confrontación entre Washington y el Cartel de los Soles ha adoptado otra forma: la del póker geopolítico. Aquí no se trata de ocupar casillas con estrategia metódica, sino de medir voluntades, leer señales y decidir cuándo el otro hace bluff.
La semana pasada, dos imágenes definieron este enfrentamiento: frente a las costas venezolanas, una flota estadounidense encabezada por destructores clase Aegis, respaldada por aviones de patrulla P-8 y cerca de 4.500 marines; en Caracas, Nicolás Maduro convocó a 4,5 millones de milicianos y reservistas para «defender la patria del imperialismo». Una demostración de fuerzas antiterroristas real frente a un espectáculo de fuerza simbólica. La pregunta ya no es si habrá choque, sino quién parpadeará primero.
El bluff agotado de Maduro
Maduro juega como un tahúr atrapado en su propio casino. Su convocatoria masiva de milicias es propaganda, no poder. Ni la «milicia bolivariana» tiene entrenamiento real, ni las Fuerzas Armadas regulares están preparadas para resistir un enfrentamiento con Estados Unidos. Lo saben ellos mismos: su papel se ha reducido al control interno, a la represión doméstica y, como han documentado analistas internacionales, a servir de plataforma para redes de narcotráfico y contrabando.
Las acusaciones de narcotráfico contra la cúpula venezolana son sólidas y de larga data. La administración Trump solo les dio un giro decisivo al elevarlas a «narcoterrorismo», colocando a Maduro en la cúspide de una organización criminal global. Esto no es un matiz semántico. Es un cambio de paradigma que habilita herramientas legales y militares distintas: de sancionar a un gobernante a perseguir a un capo.
Cualquier estratega entiende: «Disuasión es intención multiplicada por capacidad». Estados Unidos ha mostrado ambas. La flota frente a Venezuela no está ahí para interceptar lanchas cargadas de cocaína —esa sería tarea de la Guardia Costera—. Está ahí para enviar un mensaje inequívoco: tenemos la capacidad de actuar y la voluntad de hacerlo si es necesario.
Las claves estratégicas del despliegue en el Caribe Sur se centran en tres pilares: la capacidad demostrada de detectar y reaccionar sin necesidad de intervención directa; una presión multidimensional, mediante inteligencia continua sobre las fuerzas armadas, las redes criminales y los aliados externos del régimen; y una ventaja tecnológica, basada en el dominio integrado del aire, el mar y el espacio en tiempo real.
Washington enseña sus cartas
Por ahora, el despliegue no significa una invasión inminente. Al contrario, revela un enfoque más sofisticado: presión sostenida, ensayo de escenarios y ampliación del abanico de opciones. Como en el póker, mostrar parcialmente las cartas —destructores Aegis, patrullas aéreas, submarinos, ejercicios de interdicción— obliga a Maduro y secuaces recalibrar su juego: apuesta o se retira.
El objetivo de la Casa Blanca es claro: desgastar al Cártel de los Soles, fracturar a su élite, aumentar el costo de sostenerse en el poder. La tipificación de «narcoterrorismo» no solo deslegitima internacionalmente al cabecilla del Cártel, Maduro, sino que da cobertura a acciones que antes hubieran sido impensables. Capturas selectivas, bloqueos más agresivos, operaciones encubiertas… todas están ahora sobre la mesa.
Al mismo tiempo, Washington evita cruzar el umbral que podría convertir a Venezuela en «otro Irak o Afganistán» —una crisis violenta, prolongada y destructiva—, como advierten algunos analistas. No se trata de ocupar el país, sino de obligar a la cúpula de la Organización Terrorista Global a reconocer que su posición es insostenible. Como en ajedrez, es un jaque continuo: no un mate inmediato, pero sí una presión constante que reduce cada vez más las casillas de escape.
El riesgo de un mal cálculo
El problema con el póker es que, a diferencia del ajedrez, depende tanto de las cartas como de la psicología. Un jugador desesperado puede empujar la partida hacia un desenlace irracional. Si Maduro decide «bluffear» con acciones reales —hostigamiento naval, incidentes en la frontera, ataque a la líder de las fuerzas democráticas— podría desencadenar una espiral de escalada que nadie controla.
Maduro ha sobrevivido hasta ahora mediante una mezcla de represión, cooptación y complicidad criminal trasnacional. Pero su margen se reduce. La economía inicia una caída otra vez, la popularidad es mínima y hasta sus aliados saben que su permanencia prolonga la inestabilidad. Ningún venezolano arriesgará su vida por el cabecilla del Cártel de los Soles; ni siquiera su círculo más cercano. En narcotiranías, las lealtades duran hasta el momento exacto en que dejan de ser rentables.
Bluffear antes del desastre
Para Estados Unidos y el gobierno electo el 28J, la clave es mantener la presión sin precipitar un conflicto mayor. Eso implica tres movimientos simultáneos:
Aislar al núcleo duro del régimen, ofreciendo salidas condicionadas a quienes aún puedan ser rescatados de la espiral criminal.
Construir una coalición amplia —regional y transatlántica— que dé legitimidad a cualquier acción futura, desde sanciones más duras hasta operaciones quirúrgicas.
Preparar la transición interna con garantías mínimas para evitar el vacío de poder que podría aprovechar el crimen organizado.
El reloj corre. Cada día que pasa, Maduro pierde fichas en la mesa, pero también aumenta el riesgo de que intente una jugada suicida. Aquí es donde la lógica del póker se cruza con la del ajedrez: no basta con tener mejores cartas; hay que anticipar la mente del rival. En ajedrez, uno busca evitar que el adversario llegue a un zugzwang (situación en la que cualquier movimiento empeora su posición); en política internacional, a veces hay que empujarlo ahí.
Maduro ya está en zugzwang: quedarse lo debilita, moverse puede destruirlo. Lo que falta es que los jugadores en la mesa —Estados Unidos, fuerzas democráticas, incluso sus aliados renuentes— coordinen el golpe final. Como decía el gran maestro de ajedrez Garry Kasparov sobre las dictaduras: «El poder de un déspota depende del grado en que la gente crea que es invencible. En el momento en que esa ilusión se rompe, todo se derrumba con sorprendente rapidez».
El bluff de Maduro está sobre la mesa. Y ya nadie lo cree.
Antonio de la Cruz
Director de Inter American Trends