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domingo 24 de mayo 2026
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Luis Barragán: La burbuja roja

Por decir lo menos, la mayor incomodidad experimentada por los sectores oficialistas reside en la mera posibilidad de perder así sea parcialmente el poder. Acumulan casi tres décadas como beneficiarios directos e indirectos del presupuesto público nacional, en nombre y en representación de una revolución condensada en la reminiscencia guevarista de la subversión de los años sesenta de un siglo que parece más remoto de lo que es.

Poco importan las evidencias, pues, lo saben y muy bien, la Venezuela actual no es el fruto tan mentado de las sanciones internacionales, restándole toda responsabilidad al gobierno. Para remedir la situación, quizá flota en el imaginario de esta izquierda inaudita, ese voluntarismo extremo que fracasó con la zafra cubana de diez millones de toneladas de azúcar en una misma cosecha para 1970 de resultados que la más superficial navegación digital revela.

Es el amplio sector oficial, oficialista y oficioso el que tiene por domicilio una burbuja roja que la sueñan todavía blindada, a pesar del drama, el inmenso drama que sufrimos los venezolanos. Los elencos del poder se muestran indiferentes ante noticias que nuevamente llevan a nuestro país al duelo, como es el caso de Víctor Quero y María Teresa Navas, o de los agentes de la Policía Metropolitana que cumplieron una injusta condena más allá del tiempo que expresamente estableció la sentencia.

Poco importa que esté planteada una transición, incluso, desde las entrañas más profundas de un oficialismo que sabe tan insoportable la situación actual como el que más y, a pesar de todo, desea estirar la cuerda hasta lo indecible por aquel axioma del si me jodo que se jodan también los demás. En la perspectiva asumida por Óscar Vallés, no se interrogan en torno a la fortaleza o debilidad de las fuentes reales de poder, como la administración de la violencia, el petróleo, el apoyo popular, y las matrices de opinión e influencias, porque las burbujas no tienen ventanas abiertas para asomarse a la realidad y, de tenerlas, inmediatamente explotan.

Otros, se quejan de la pérdida de los símbolos inherentes al poder establecido en el siglo XXI: en nada descalificamos personalmente a los foristas que lo alegan, absolutamente convencidos de la fuente popular y el carácter netamente chavista de la simbología, obviando el uso y abuso de los recursos simbólicos y materiales del Estado que concluyó en las más estéticas burbujas para flotar por encima de las grandes mayorías que todavía pretenden desconocer. Así, las actividades del Centro de Estudios Democracia Socialista (CEDES), origen del foro en cuestión, parecen orientarse a la crítica más o menos velada de lo que se ha dado en llamar el rodrigato que a la autocrítica de una experiencia muy larga e insensata que nos arrojó a una realidad inmerecida para todos los venezolanos.

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