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domingo 12 de abril 2026
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José Luis FaríasOpinión

La Otra Cara: La estirpe de los inadaptados: el caudillismo liberal y nacionalista antigomecista (IV), por José Luis Farías

IV. La heterogeneidad: los varios rostros de la rebeldía

Pero sería un error pensar que estos hombres formaban un grupo homogéneo. No lo eran. Eran, por el contrario, un mosaico de procedencias, intereses y concepciones de la lucha que a menudo chocaban entre sí con la misma violencia con que chocaban contra el régimen. Esa heterogeneidad, lejos de ser un accidente, constituía uno de sus rasgos más definitorios y, a la vez, una de sus más trágicas debilidades. Porque si algo caracterizó al caudillismo antigomecista fue precisamente su incapacidad para convertir la diversidad en fuerza, para transformar la multiplicidad de voces en un coro unificado capaz de hacerle frente al poder monolítico del Benemérito.

Estaban, por un lado, los aristócratas conspiradores. Hombres como Armando Zuloaga Blanco o Francisco Linares Alcántara (hijo), herederos de apellidos patricios, descendientes de próceres, que aportaban a la causa no solo recursos económicos sino también ese «lustre» que solo dan los abolengos. Eran, en cierto modo, la memoria viva de otra Venezuela, la de antes de Gómez, la de los generales ilustrados y los presidentes civiles. Su presencia en la lucha era una forma de decir que el gomecismo no era toda Venezuela, que había otra tradición, otro país posible. Pero su misma condición los distanciaba de las masas, los hacía desconfiar del ímpetu desordenado de los caudillos regionales, los inclinaba hacia una concepción más «civilizada» de la lucha, basada en el pacto, en la negociación, en el acuerdo de elites. No es casual que Zuloaga Blanco estuviera en el Falke, que Linares Alcántara conspirara en Caracas mientras otros peleaban en el monte. Eran hombres de salón, de tertulia, de conspiración elegante, y esa elegancia, esa distancia con lo popular, era a la vez su fuerza y su límite.

Pero dentro de esta categoría había matices importantes. Estaba, por ejemplo, José María Ortega Martínez, abogado y político de fuste, que desde el exilio en Colombia y Estados Unidos desplegó una intensa actividad diplomática y propagandística contra el régimen. A diferencia de los conspiradores armados, Ortega Martínez creía en la fuerza de los argumentos, en la presión internacional, en la denuncia sistemática. Hombre de leyes, su lucha era la lucha por la legalidad secuestrada, por la Constitución violada. No empuñaba un fusil, pero sus escritos, sus manifiestos, sus gestiones ante gobiernos extranjeros, eran armas de otro calibre, no menos necesarias. Representaba esa vertiente civilista de la oposición que, aunque menospreciada por los hombres de acción, cumplía una función indispensable: mantener viva la llama de la legitimidad, recordar al mundo que Venezuela no era solo Gómez, que había otro país posible.

Estaba también Leopoldo Baptista, ese viejo zorro de la política venezolana que había sido todo —diputado, senador, ministro, incluso presidente encargado en 1911— y que terminó convertido en uno de los más temibles conspiradores contra el hombre a quien había ayudado a llegar al poder. Baptista representa como nadie la complejidad del fenómeno antigomecista. Porque no era un outsider, no era un excluido del sistema: había sido parte del régimen, lo había servido, lo había conocido desde dentro. Y quizás por eso mismo su oposición era más peligrosa, más informada, más certera. Desde su exilio en Trinidad, Baptista tejía redes, financiaba expediciones, coordinaba esfuerzos. Su casa en Puerto España se convirtió en centro de operaciones de la resistencia, en lugar de encuentro de conspiradores de todas las tendencias. Pero su mismo pasado, su condición de tránsfuga del régimen, le granjeaba desconfianzas. Los jóvenes del 28, los que nunca habían pactado con Gómez, miraban con recelo a ese político experto que había sido parte del tinglado que ahora pretendía derribar.

Estaban, por otro lado, los militares profesionales desencantados. El caso de Román Delgado Chalbaud es, aquí, el más significativo. Hombre formado en la marina, con rango y experiencia, con una visión más técnica de la guerra, su conflicto con Gómez no era ideológico en sentido estricto, sino profesional. Lo que no soportaba era el nepotismo, la falta de meritocracia, ese sistema que premiaba a los paisanos del Benemérito por encima de los verdaderos talentos. Su lucha era, en ese sentido, una lucha por la dignidad del oficio militar, por la idea de que el mérito debía primar sobre el origen.

Pero Delgado Chalbaud no era el único. Hubo otros oficiales que, formados en las academias militares, sintieron el desprecio del régimen por la profesionalización frente al favoritismo regional. Hombres que habían dedicado su vida al servicio de las armas y que veían cómo los ascensos y los cargos importantes eran monopolio de una camarilla andina que nada sabía de estrategia ni de disciplina. Su desencanto los llevó a la conspiración, pero su formación los inclinaba hacia una concepción más organizada, más planificada, menos improvisada de la lucha. De ahí su participación en expediciones como la del Falke, que intentaba ser una operación militar seria, con objetivos claros y una estrategia definida. De ahí también su desprecio por las «montoneras» de los caudillos regionales, por esas guerrillas que se movían al ritmo del instinto y no del plan.

Y estaban, finalmente, los jefes regionales autónomos. Hombres como Emilio Arévalo Cedeño, que durante años mantuvieron un foco de resistencia en los llanos o en la frontera colombiana, con esa mezcla de caudillismo tradicional y guerrilla moderna que caracterizó a la resistencia antigomecista. Su autoridad no provenía de títulos ni de apellidos, sino del vínculo directo con las poblaciones locales, de ese lazo casi tribal que une al jefe con su gente. Arévalo Cedeño conocía los llanos como nadie, sabía dónde esconderse, dónde encontrar agua, dónde tender una emboscada. Su poder era el poder del conocimiento concreto, de la experiencia vivida, del arraigo en una tierra que era, a la vez, su hogar y su fortaleza.

Pero junto a Arévalo Cedeño hubo otros caudillos regionales, quizás menos conocidos pero igualmente significativos. Estuvo Juan Pablo Peñaloza, el viejo educador tachirense que, desde Cúcuta, dirigió alzamientos en 1918, y que murió en Puerto Cabello asistido por Andrés Eloy Blanco. Estuvieron Horacio Ducharne y Ángel Lanza, que se alzaron en Oriente en 1913, en los primeros años de la dictadura. Estuvo el general José Rafael Gabaldón, que en 1914 encabezó un levantamiento en Portuguesa. Hombres de tierra adentro, de horizontes limitados pero de lealtades profundas, que mantenían viva la resistencia en sus regiones mientras los exiliados conspiraban en las ciudades extranjeras y los aristócratas tejían alianzas en los salones caraqueños.

La tensión entre estos tres grupos fue permanente y, en muchos casos, paralizante. Los aristócratas miraban con desconfianza a los jefes regionales, a los que consideraban poco menos que bandoleros, hombres sin refinamiento, sin visión de conjunto, incapaces de entender la complejidad de la política. Los militares profesionales despreciaban la improvisación de unos y otros, esa tendencia a la acción espontánea, al gesto heroico pero mal calculado, que tantas veces había conducido al fracaso. Y los jefes regionales, a su vez, resentían la arrogancia de los aristócratas y la frialdad de los militares, su distancia con el pueblo, su incapacidad para entender que la lucha no se ganaba con manifiestos ni con planes estratégicos, sino con hombres dispuestos a morir, con conocimiento del terreno, con esa astucia que solo da la experiencia directa del combate.

Y todos, a su vez, desconfiaban de los políticos civiles, de esos hombres cómo Leopoldo Baptista o José María Ortega Martínez, que aún y siendo también generales, intentaban organizar la lucha desde el exilio con manifiestos y declaraciones, sin poner el pecho a las balas. «Políticos de escritorio», los llamaban los hombres de acción. «Conspiradores de salón», decían los que se jugaban la vida en cada expedición. Y aunque esa desconfianza tenía algo de injusto —porque la propaganda, la diplomacia, la organización política eran también formas de lucha, tan necesarias como la guerra misma—, expresaba una tensión real, un desencuentro profundo entre quienes concebían la revolución como un acto militar y quienes la entendían como un proceso político.

En su análisis sobre la Venezuela premoderna, Mariano Picón Salas ya advertía sobre esta fragmentación congénita que lastraba cualquier proyecto nacional unificado. Para Picón Salas, en su Comprensión de Venezuela existía una dualidad insalvable entre «los que vivían en el país de las leyes e instituciones y los que actuaban en el país real de las asonadas y los golpes de fortuna» . Esta observación es clave para entender la dinámica de la resistencia: los aristócratas y letrados como Ortega Martínez habitaban el «país de las leyes» que el gomecismo había secuestrado, mientras que los caudillos regionales como Arévalo Cedeño operaban en el «país real» de la geografía indómita y la acción directa. Eran dos universos mentales condenados a no encontrarse, dos formas de entender el poder que, como señala el propio Picón Salas en su vasta obra sobre la identidad nacional, chocaban por la ausencia de un proyecto moderno de convivencia colectiva que superara el «fervor de cruzados» con que se asumía la política.

El caso del asalto a Curazao es emblemático de estas tensiones. Urbina, el caudillo regional, el hombre de acción pura, se alió circunstancialmente con los jóvenes del Partido Revolucionario Venezolano —Gustavo Machado, Guillermo Prince Lara, Miguel Otero Silva—, que representaban una concepción más moderna, más ideologizada, más internacionalista de la lucha. La alianza funcionó mientras duró la acción, pero tan pronto como sobrevino el fracaso, las acusaciones mutuas no se hicieron esperar. Los jóvenes del PRV culparon a Urbina de improvisación, de falta de visión política, de caudillismo trasnochado. Urbina, por su parte, los acusó de querer aprovecharse de su gesta, de pretender capitalizar políticamente un esfuerzo que no habían liderado. La historia, una vez más, se convertía en farsa, y en esa farsa se dilapidaban energías que, unidas, podrían haber sido temibles para el régimen.

Lo mismo ocurrió con la expedición del Falke. Aunque planeada con meticulosidad, sufrió las consecuencias de estas divisiones. Los hombres de Aristiguieta, que debían apoyar el desembarco desde tierra, se extraviaron en la montaña. ¿Fue un error táctico? ¿Fue una descoordinación producto de las desconfianzas mutuas? ¿O fue simplemente la fatalidad, esa mala estrella que parecía perseguir todos los intentos de derrocar a Gómez? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que Delgado Chalbaud y Zuloaga Blanco murieron en la Calle Larga de Cumaná mientras los hombres que debían apoyarlos vagaban perdidos en la intrincada geografía sucrense.

Esta heterogeneidad, esta incapacidad para convertir la diversidad en unidad, fue quizás el principal factor de debilidad del caudillismo antigomecista. Porque mientras ellos se desgarraban en disputas internas, mientras los aristócratas despreciaban a los montoneros y los militares desconfiaban de los políticos y los regionales resentían a los exiliados, Gómez construía un Estado. Un Estado moderno, con un ejército profesional, con comunicaciones eficientes, con un control territorial que ninguna guerrilla podía desafiar seriamente. Un Estado que, aunque dictatorial, tenía la fuerza que da la unidad de mando, la claridad de objetivos, la ausencia de fisuras internas. En este sentido, la mirada del historiador Ramón J. Velázquez resulta esclarecedora: el fracaso de la oposición liberal y nacionalista no solo se explica por la represión, sino porque en el ocaso del Liberalismo Amarillo y durante el gomecismo, las élites actuaron sin cohesión ni proyecto nacional, cada facción buscando su propia parcela de influencia más que la transformación real del país . El antigomecismo, en el fondo, reproducía el mismo pecado original del siglo XIX que Velázquez estudió con detalle: la incapacidad de las dirigencias para subordinar sus intereses particulares a una causa nacional común.

Y sin embargo, ¿quién puede negar que en esa misma heterogeneidad residía también su grandeza? Porque si algo demostraron estos hombres fue que la lucha contra la tiranía podía adoptar muchas formas, que no había un solo camino hacia la libertad, que la resistencia era un fenómeno complejo, multiforme, irreductible a una única fórmula. Los aristócratas conspiraban en los salones, los militares planificaban en los exilios, los caudillos peleaban en los montes, los políticos denunciaban desde las tribunas internacionales. Cada uno a su manera, con sus armas, con sus limitaciones, contribuía a mantener viva la llama.

Esa diversidad, aunque costosa en términos estratégicos, fue una expresión de la vitalidad de un país que se negaba a ser monolítico. Como bien señaló Domingo Alberto Rangel en sus penetrantes análisis sobre el ser venezolano, la heterogeneidad no es una anomalía, sino la naturaleza misma de Venezuela, un «mosaico de regiones» que el centralismo andino pretendió uniformar a la fuerza. La resistencia antigomecista, en su dispersión, era la prueba más fehaciente de que Venezuela era y es un país irreductible a un solo molde, un territorio donde conviven en tensión creativa la montaña, el llano, la ciudad y la frontera.

Y acaso sea eso, precisamente, lo que hoy deberíamos recordar. No sus divisiones —que fueron muchas y trágicas—, sino su diversidad. No su incapacidad para unirse, sino su capacidad para resistir cada uno desde su trinchera. Porque en esa resistencia múltiple, en esa heterogeneidad que parecía debilidad, había también una forma de riqueza, una demostración de que Venezuela no era solo el pensamiento único del gomecismo, sino un país plural, contradictorio, vivo.

La historia, que suele ser injusta con los perdedores, ha cubierto de polvo a la mayoría de estos hombres. Sus nombres apenas sobreviven en los libros especializados, en las efemérides que nadie celebra, en la memoria de unos pocos obstinados que, como quien esto escribe, se empeñan en mantener vivo el recuerdo. Pero mientras podamos nombrarlos —Zuloaga, Linares, Delgado Chalbaud, Arévalo Cedeño, Urbina, Peñaloza, Ortega Martínez, Baptista—, mientras podamos contar sus historias y discernir sus diferencias y reconocer sus contradicciones, algo de su espíritu seguirá latiendo. Algo de su diversidad seguirá enriqueciéndonos. Algo de su resistencia seguirá siendo posible.

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