domingo 5 de abril 2026
VenezolanosHoy
José Luis FaríasOpinión

La Otra Cara: La estirpe de los inadaptados: el caudillismo liberal y nacionalista antigomecista (III), por José Luis Farías

III. El hombre de acción: el gesto como verdad

Pero había algo más, algo que los definía por encima de cualquier ideología o procedencia geográfica. Ese algo era la primacía de la acción. Para estos hombres, la verdad no se escribía: se hacía. No se declaraba: se ejecutaba. El gesto, la gesta, el hecho mismo de levantarse contra el tirano —aunque fuera condenado al fracaso— constituía en sí mismo una forma de legitimidad, una demostración de que se pertenecía a esa estirpe de los que no se doblegan. Como señala John Lynch, “el caudillo era un hombre de acción más que de ideas, un caudillo de hombres más que un administrador de cosas” (Lynch, Caudillos en Hispanoamérica, p. 12). Y en ese sentido, su verdad se manifestaba en el gesto, no en el discurso.

El caso de Rafael Simón Urbina es, en esto, paradigmático. Ese asalto a Curazao de 1929 —esa tomada del fuerte Amsterdam, ese secuestro del gobernador y del vapor «Maracaibo», esa invasión por La Vela de Coro— tiene todo el aire de una opereta y toda la gravedad de una tragedia. Porque Urbina no era un militar profesional ni un estratega calculador: era un hombre de acción, un guerrillero con instinto, un caudillo de esos que mandan porque saben mandar, no porque hayan estudiado en academias. Y sin embargo, hay en su gesta algo que trasciende el mero hecho militar. Hay, como escribí en esbozo biográfico del personaje: «una mezcla de perplejidad, ironía y un tenue escalofrío de irrealidad —esa clase de irrealidad que solo se siente cuando la historia se convierte en farsa».

Pero la historia del caudillismo antigomecista no se agota en la gesta de Urbina, por más espectacular que esta haya sido. Hubo otras acciones, de igual o mayor calibre, que merecen ser recordadas no solo por su audacia, sino por lo que revelan acerca de esa obstinación trágica que definió a toda una generación de luchadores. Lynch observa, a propósito de estos líderes, que “su poder se basaba en el carisma personal, en la lealtad de sus seguidores y en su capacidad para actuar con rapidez y decisión en situaciones de crisis” (Lynch, Caudillos en Hispanoamérica, p. 45). Ese poder no provenía de las urnas ni de las leyes, sino de la fidelidad a un nombre, a un gesto, a una promesa de dignidad.

La expedición del Falke, sin duda, constituye el intento más serio y mejor organizado de cuantos se emprendieron contra el régimen de Gómez. Aquel buque alemán, adquirido por los revolucionarios y rebautizado como «General Anzoátegui», zarpó desde Europa cargado de pertrechos y de esperanzas. Al mando de Román Delgado Chalbaud —marino de formación, hombre de disciplina y visión estratégica—, la expedición había sido planificada con meticulosidad por la Junta Suprema de Liberación de Venezuela, aquella que desde Ginebra había lanzado en julio de 1929 un manifiesto comprometiéndose a «sustituir el despotismo por un régimen de libertad y de justicia, en armonía con la Constitución y las leyes, y convocar una Asamblea Constituyente». […]

El plan era ambicioso: desembarcar en las costas de Güiria, en el oriente del país, y desde allí coordinar un ataque conjunto sobre Cumaná con fuerzas terrestres al mando de Pedro Elías Aristiguieta. Tomada la capital sucrense, se esperaba que otras guarniciones se sumaran al levantamiento y que la rebelión se extendiera como mancha de pólvora hasta Maracay y Caracas . El 9 de agosto de 1929, los expedicionarios del Falke transbordaban pertrechos a la goleta «Ponemah» cerca de las playas de Güiria . Todo estaba listo. La historia parecía a punto de dar un vuelco.

Pero la historia, que siempre se ríe de los planes humanos, tenía dispuesto otro desenlace. Los hombres de Aristiguieta, que debían llegar a Cumaná en la madrugada del 11 para iniciar el ataque conjunto, se extraviaron en esa «montaña intrincada que formaba un laberinto de veredas y arroyos» . Caminaron toda la noche sin encontrar el camino. Cuando por fin llegaron a su destino, ya era tarde. En la Calle Larga de Cumaná, el 11 de agosto, se había librado un combate desigual. Y en ese combate habían caído, junto a otros expedicionarios, Román Delgado Chalbaud y Armando Zuloaga Blanco . El sueño de la libertad se había estrellado contra la geografía y contra esa ironía trágica que parece perseguir todos los intentos de los hombres por cambiar el curso de los acontecimientos.

Queda, sin embargo, la proclama que Delgado Chalbaud había dictado a bordo del Falke dos días antes de morir: «En medio de toda suerte de vejaciones durante catorce años de secuestro, presencié la muerte de centenares de mis conciudadanos, sacrificados cruelmente con los horribles suplicios del hambre, la sed y las torturas» . Palabras que son, a la vez, testamento y epitafio de quien supo que la dignidad no se mide por el éxito sino por la fidelidad a la causa.

Hubo también otras expediciones, menos conocidas pero igualmente reveladoras de ese espíritu indomable. Estuvo el Odín, otro buque adquirido por los revolucionarios en 1931, que intentó repetir la hazaña del Falke pero corrió idéntica suerte. Estuvieron los intentos de desembarco por las costas de Falcón y de Oriente, pequeñas embarcaciones cargadas de hombres decididos a enfrentarse al poder más sólido del continente con nada más que su valor y su obstinación.

Y estuvo, sobre todo, la resistencia de los que no necesitaron barcos porque su campo de batalla era la tierra misma. Emilio Arévalo Cedeño encarna, como ningún otro, esa otra forma de la lucha. Entre 1914 y 1933, este guerrillero guariqueño organizó nada menos que siete invasiones desde Colombia . Siete veces cruzó la frontera, siete veces se internó en los llanos y las selvas, siete veces desafió al régimen con pequeños grupos de hombres decididos. La primera fue en mayo de 1914, cuando a la cabeza de apenas cuarenta hombres se alzó contra la dictadura . Sufrió derrotas, escapó a Trinidad, luego a Colombia, y desde allí volvió a intentarlo una y otra vez, como si la palabra «rendición» no existiera en su diccionario personal.

Su momento de gloria llegó en 1921, cuando en su tercera invasión, al mando de solo 123 hombres, tomó San Fernando de Atabapo, la capital del territorio federal Amazonas . Allí gobernaba Tomás Funes, uno de los más temibles criminales que haya conocido Venezuela, un hombre que había sembrado el terror en el sur del país. Arévalo Cedeño lo apresó, lo sometió a un Consejo de Guerra y ordenó su ejecución en presencia de todos los habitantes del poblado, el 30 de enero de 1921 . Fue, quizás, el único acto de justicia que conocieron aquellas tierras en décadas.

Pero la resistencia de Arévalo Cedeño no fue solo militar. Hombre de pluma tanto como de espada, el 23 de noviembre de 1917 publicó en el diario El Tiempo de Bogotá una carta abierta denunciando el horror carcelario del régimen gomecista . En dos cuartillas describió con crudeza la situación de los presos políticos: «más de cinco mil presos políticos con grillos de sesenta y ocho libras a los pies, encontrándose entre ellos lo más notable de nuestros intelectuales, médicos, sacerdotes, abogados, ingenieros y generales» . Denunció también los despojos, los monopolios, los exilios: «Gómez tiene desterrados más de cien mil venezolanos… Ha expropiado… tiene monopolizadas la navegación fluvial y costanera, la fábrica de papel, de mantequilla, carnes congeladas y todo lo que se produce en Venezuela» .

Otro nombre merece ser rescatado del olvido: el de Juan Pablo Peñaloza. Este educador tachirense, que en sus años mozos había sido liberal y había combatido contra Cipriano Castro, terminó convertido en uno de los más tenaces opositores de Gómez. En 1913 se vio envuelto en la conspiración de Román Delgado Chalbaud —la primera, la de ese año, que llegó por La Guaira— y tuvo que huir a Curazao y luego a Colombia . Desde Cúcuta dirigió varios alzamientos en 1918 . Su tenacidad le valió una persecución implacable. En su última invasión, en 1931, fue capturado en el Táchira y enviado al castillo San Felipe de Puerto Cabello, donde murió al año siguiente, a los 77 años de edad, atendido en sus últimos momentos por el poeta Andrés Eloy Blanco, quien reconoció en él a un hermano de lucha y le asistió hasta el lecho de su muerte .

Hubo también alzamientos de cuarteles, como los de 1919 y 1922 en Caracas . Hubo conspiraciones de jóvenes oficiales del Ejército, como la de 1928, que estuvo a punto de cambiar el rumbo de la historia . Hubo levantamientos regionales: los de Horacio Ducharne y Ángel Lanza en Oriente en 1913, el del general José Rafael Gabaldón en Portuguesa en 1914 . Todo un país, en realidad, se movía en las sombras, esperando el momento de alzarse contra el tirano.

Pero lo que une a todas estas acciones —el Falke, el Odín, las siete invasiones de Arévalo Cedeño, las conspiraciones de Peñaloza, los alzamientos de cuarteles— es algo más profundo que su carácter militar. Es esa mezcla de audacia y fracaso, de grandeza y miseria, de heroísmo y fatalidad que parece definir la condición humana cuando se enfrenta a poderes que la superan. Porque estos hombres sabían, en el fondo, que sus probabilidades de éxito eran mínimas. Sabían que Gómez había modernizado el ejército, que tenía el control del telégrafo, que dominaba el país con mano de hierro. Sabían, como lo sabía Arévalo Cedeño cuando publicaba sus denuncias desde Bogotá, que el régimen era monstruoso y que la represión sería implacable.

Y sin embargo, lo intentaron. Una y otra vez. Como si en ese intento, en esa obstinación, hubiera algo más valioso que el triunfo mismo. Como si la dignidad de la lucha valiera más que la victoria. Como si, en palabras de aquel Racamonde que escribía versos en La Rotunda sabiendo que no saldría de ella, la libertad fuera algo que se demuestra con la vida, no con el éxito.

Por eso, cuando hoy recordamos el Falke, o las invasiones de Arévalo Cedeño, o las conspiraciones de Peñaloza, no los recordamos porque hayan triunfado. Los recordamos porque no se rindieron. Porque prefirieron el exilio a la claudicación, la cárcel al silencio, la muerte a la sumisa paz de los cementerios. Porque fueron, en el sentido más profundo de la palabra, esa estirpe de inadaptados que el poeta Humberto Tejera supo nombrar mejor que nadie.

Y acaso sea eso, precisamente, lo que más nos duele hoy. No tanto que hayan fracasado, sino que hayan existido. Porque su existencia nos recuerda lo que hemos dejado de ser. Nos confronta con nuestra propia docilidad, con nuestra propia capacidad de adaptación, con nuestra propia renuncia a la dignidad. Y entonces, en las horas muertas de la madrugada, cuando el país duerme y solo los fantasmas se atreven a caminar, volvemos a preguntarnos: ¿dónde están los inadaptados de ahora? ¿Dónde están los que, como ellos, prefieren la muerte a la claudicación?

No lo sabemos. Pero mientras podamos recordarlos, mientras podamos nombrarlos —Urbina, Delgado Chalbaud, Arévalo Cedeño, Peñaloza, Ducharne, Gabaldón, Lanza, Linares Alcántara, Zuloaga Blanco y tantos otros—, algo de su espíritu seguirá vivo. Algo de su obstinación seguirá latiendo. Algo de su dignidad seguirá siendo posible.

Related posts

Caricaturas de este miércoles 25 de marzo de 2026

Prensa venezolanoshoy

Fernando Luis Egaña: El camino corto

Prensa venezolanoshoy

Miguel Méndez Fabbiani: ¿Es Delcy una “Pitiyanqui”?

Prensa venezolanoshoy