martes 7 de abril 2026
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La actualización como destino de la literatura

La actualización literaria es una forma de nosce te ipsum: conocerse a sí mismo mirando en el espejo antiguo de los textos. Pero no se trata, como algunos quieren, de una labor de frialdad arqueológica ni de una demencial intuición desmesurada. Se trata de emprender una caminata por ese jardín pasado y pintoresco donde los mitos todavía respiran y cada palabra es un trasbordo entre épocas. Parece que la tradición fuera una estación de trenes. Por ejemplo: llegan Eurípides, Sófocles, Esquilo, y cada uno baja con su valija de símbolos al hombro. El triunfo de la literatura consiste en abrillantar la mente para que el lector vea en esos equipajes no una colección de reliquias (con letrero de “no tocar”), sino instrumentos de vuelo y de inventiva

¿Qué es la historia si no una transformación perpetua, una reescritura continua de esos avatares que se dicen y se vuelven a decir? En ese enclave de resonancias magnéticas (por lo seductor que es) se sitúa —entre muchísimas otras obras— Ifigenia cruel, poema extenso donde el mexicano Alfonso Reyes ejecuta una precisa operación quirúrgica sobre las entrañas del mito. Por eso no se limita a repetir sin ton ni son a Eurípides. Reconfigura y actualiza con total personalidad la tradición en un gesto nada iconoclasta, dando conservación a los muertos en voz baja, pero aún audible para quienes buceamos en la herencia actualizada del presente literario. 

La estratagema del poema extenso de Reyes permite que Ifigenia hable, que no quede reducida a estatua sacrificial ni soliviantada por el eco de la voz paterna. En el teatro griego, los personajes femeninos a menudo quedaban afónicos, atrapados en la casi ridícula solemnidad de los coros. Y cómo se enamora el lector de esta nueva Ifigenia que no solo se sacrifica, sino que medita su estatuto de semidiosa a la vez que transforma el dolor en pensamiento. Son contemplaciones inocentes que de pronto adquieren un matiz filosófico, como si el mito fuera cantado para el mundo y no solo para la reducida localización de una tribu. 

La actualización literaria es también un gesto de hospitalidad, una cálida invitación a los antiguos para que vengan aquí y cenen en nuestra mesa o simplemente dar las gracias por su presencia imprescindible. Decidme si no es un acto de justicia permitir que Ifigenia se reescriba a sí misma. Mi tesis consiste, básicamente, en no ceder ante el conservadurismo infértil de ciertas corrientes filológicas, esas que convierten la tradición en sótano o museo y al lector en una suerte de turista errátil entre infinitos pasadizos de vitrinas de polvo. Frente a este hipotético panorama (no real, pero muy posible), las actualizaciones tematológicas y simbólicas de la literatura son letanías que nos permiten soñar con tener por un buen rato el alma a salvo del olvido. 

El mito, en su repetición, puede volverse charlatán, repetirse en bucle tontamente. Pero la buena actualización introduce el presentimiento de una renovada verdad. Me acuerdo de las hogueras donde los relatos antiguos eran recitados. Hoy la lectura es similar al crepitar del fuego, una vibración íntima que exige dar el salto hacia nuevas interpretaciones. Pero, aun así, la tradición no se fractura ni se boicotea. Digamos que se negocia la pipa de la paz entre pasado y presente, porque justamente nuestro verdadero orgullo como investigadores radica ahí, en el intento de mantener vivas las fuerzas para suscitar un próspero diálogo entre distintas estéticas y lágrimas y milenios.  

Las nuevas versiones, por tanto, se parecen a semillas florecidas, como el pan de trigo que se parte y reparte y alimenta la memoria colectiva. Por eso la tradición es la espina dorsal de la literatura, aunque, en ocasiones, acumule imposturas y herrumbres. El lector en ningún caso, según creo, debe dictar sentencia contra los textos antiguos. Mejor escuchar el atrevimiento original de quien da la vuelta al calcetín y procura encender una fogata pese a las muchísimas toneladas de nieve y barro de la historia. Gracias a ese arrojo creativo, Reyes ha dado voz a una Ifigenia que sabe dónde tiene sus heridas, y desde ellas pronuncia su testimonio. Y, sin embargo, suena la luz como si la palabra pudiera sanar y aliviarnos del abismo, y sucede en el momento más inesperado, donde se descubre que el mito más que un maleficio ofrece la recompensa de cuestionar nuestro origen. 

Lo insólito de la eternidad es que la entendemos cuando el pasado se vuelve presente. En Ifigenia cruel, el centro de lo femenino adquiere la tríada de resistencia, reflexión y deseo. La heroína no es ya víctima porque su subjetividad la hace ser consciente de una fiebre de amor por la libertad que anhela. Pero como es natural la actualización literaria exige una distinción entre homenaje y burla, entre talento y mediocridad. Y es evidente que lo que Reyes hace es homenajear a Eurípides con su pericia técnica, consecuente, además, con sus postulados teóricos y ensayísticos. Representa el perfil de escritor que no se encierra en su torre filológica. Con razón se dice que toda relectura, de algún modo, implica epifanías, dado que se ilumina paulatinamente aquello que yacía oculto. 

Claro está que a la literatura le es propio el suspiro humano, así como el pensamiento y la concentración. Mírala, es como una paloma que sangra y atraviesa los siglos y deja un poco rojo el mar de ahora y el de antes. Ni un solo día, desde que el mundo es mundo, sin vuelos por el aire. Ni un solo día, tampoco, sin que el pasado venga a la actualidad en una charla de rellano. Así la literatura atraviesa siglos y fructifica en nuevas voces. La actualización literaria no es ciencia experimental, pero hay que atreverse a ella, incluso cuando a ojos del inquisidor (o del filólogo “puro”) parece sacrílego o salvaje alterar los mitos. Pero siempre surge la duda: con qué mano abrir el libro, con qué canción acompañar el baile de la distancia soñada. Son solo señas, porque realmente nada hay seguro en materia de interpretación. 

Mientras tanto, la actualización tematológica y simbólica que Reyes nos legó a través de Ifigenia pervive enérgica, y susceptible de ser, a su vez, actualizada, como una llama tambaleante que cambia de forma sin llegar nunca a extinguirse. 

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