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sábado 21 de febrero 2026
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Justo Mendoza: La política como servicio y experiencialidad, ejes inteligentes del cambio político


Estos son tiempos para demostrar que la recuperación y prosperidad de Venezuela es una tarea de mujeres y hombres inteligentes y experienciados que ponen al servicio de esa meta toda su experticia y templanza para decidir. La experiencialidad es experiencia de calidad, como capacidad de diseñar y generar gestión de transformación significativa, poniendo la emoción de servir en el centro. Palabra, acciones y audacia inteligente para servir: el liderazgo necesario hoy.

Servir política y socialmente, y desde la gerencia y lo público, no es una simple narrativa de ocasión como tampoco un discurso sustitutivo de acciones prácticas de logro del poder. No. Ningún contenido tendrían las palabras y las dinámicas puestas en práctica sin una formulación respetable y realizable como proyecto de transformación social –que bien puede ser asumido por un liderazgo emergente o de reconversión, como cambio transformacional deconstruido– que líderes pongan en práctica, líderes de gestión demostrable, sostenible y válida, en el desarrollo de la experiencialidad politica: y sobre todo que sea un algoritmo entendible por los sujetos actores beneficiarios, intercesores sociales y de control ciudadano. 

Es la hora propiciar, de promover, un régimen político no ideológico –valga decir, no de control sino de inserción en gestión y servicio público–que se asiente en valores universales que aseguren el desarrollo económico, la prosperidad nacional y el control ciudadano, basado en el compromiso de los líderes y las obligaciones comunes de los ciudadanos, cuyo encuentro sea el derecho común de todos, en libertad.

Hacernos cargo de esto no es disidencia ni exclusión, menos competición mezquina, bien por el contrario, es ampliación del poder con compromiso implícito –observable, medible y supervisable- de la sociedad democrática.

Se requiere transicionalmente: reformar el Estado, educar para el liderazgo democrático y ético, compartido, transversal e interactivo. Se requiere cambios críticos de conducta en lo político y en la apreciación social como base para un sólido «plan nacional de fortalecimiento de la democracia como sistema para el empoderamiento social y del desarrollo de las instituciones».

Hay cuestiones por resolver en el desempeño del liderazgo político que superan la mera capacidad de adaptación y supervivencia de la _nomenklatura_ y del _establishment_ político, y abordan la relación de origen y del entorno de las organizaciones políticas y la sociedad civil. Es cuestionable la autonomización de los partidos políticos en el progresivo desprendimiento y más –alejamiento–, de sus fines y propósitos, en la obligatoria interacción con la sociedad civil como expresión dinámica del llamado país nacional, vinculado al llamado, impropiamente, «país político». Todo conduciría a una confiscación del poder delegado por el pueblo; y la adulteración de la representación como presencia viva del compromiso de la política con los ciudadanos.

Con la cercanía de un nuevo aniversario del nacimiento de Rómulo Betancourt –reconocido como padre de la democracia venezolana y modernizador de la institución del partido político–, el tema del ejercicio político como servicio público y ejercicio inteligente del poder para impulsar la recuperación de la República, cobra vigencia y relieve pues la oportunidad histórica que se abre desde el 3E exige competencia, idoneidad, sentido y propósito de la política y sus fines, ya que siendo esta inevitable para la implantación de un nuevo paradigma del ejercicio del oficio político, las demostraciones en curso no ayudan al optimismo. Para lograr estabilidad, recuperación y transición, frenando la anarquía, la corrupción y el populismo hace falta algo más que la manoseada declaración de unidad y del patrioterismo rampante. Se precisa –sin ingenuidad alguna- un clima de coherencia para acometer acciones de cambio político y de deconstrucción para aprovechar lo que tenemos para resignificar la gestión política, en sus diversas expresiones y erigir el proceso sobre bases sólidas, asentadas todas en el bien común, la pluralidad democrática, la funcionalidad efectiva y el imperio de la ley en el prístino concepto lincolniano: “de, por y para el pueblo”.
La inteligencia, gerencia creativa, liderazgo y experiencialidad para el proceso democrático es tan importante como la capacidad de servicio y honestidad como patrón de comportamiento cultural para conquistar «el por venir». 

¿Qué estamos esperando?

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