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sábado 30 de agosto 2025
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Julio Castellanos: ¿Progresa Tocuyito?

El desarrollo y el progreso son, con su imprecisión, un deseo y anhelo de todos los venezolanos con respecto a su propia ciudad. Igual nos sucede a los vecinos del municipio Libertador, en Carabobo, deseamos que nuestra ciudad, Tocuyito, prospere y crezca. Ahora bien, el problema obvio es ¿Qué es lo que consideramos desarrollo y progreso? ¿Consiste en tener más negocios comerciales en el casco de Tocuyito? ¿Consiste en iluminar la plaza Bolívar? ¿Somos más prósperos si tapamos la pobreza con pintura?

Para los investigadores sociales, y quizá para cualquiera con algo de criterio, el crecimiento y desarrollo social no son palabras ni fotos, al contrario, se mide. Por ejemplo, ¿Cuántas escuelas públicas nuevas se han construido en el municipio Libertador en la última década? ¿Cuántas de estas escuelas reciben, diaria y balanceadamente, el programa de alimentación escolar? ¿Cuántas camas hospitalarias hay operativas y cuántas se han sumado en la última década en los centros de salud del municipio? ¿Hay políticas públicas con enfoque de género y alineadas a los estándares hemisféricos en materia de derechos humanos desarrollándose en el municipio? ¿Aunque sea alguna? ¿Hay algún tipo de protección pública dirigida al adulto mayor, a las mujeres, a la niñez o, al menos, a quienes ejercen roles de cuidado? ¿Hay estadísticas públicas que den información sobre los avances en materia de escolaridad, desnutrición, incidencia de enfermedades, empleo, embarazo precoz o delincuencia?

Si nos auto engañamos y nos convencemos de que el progreso se mide  por el mayor número de centros comerciales y por los vistosos anuncios publicitarios, corremos el riesgo no solo de ser indiferentes a los dramas de la pobreza y la precariedad que vive la mayor parte de la población, además, también reproducimos y ampliamos las brechas económicas y la injusticia social de cara al futuro. La ciudad poco a poco, se convierte en una fantasía de luces, maquillaje y apariencia totalmente ajena a la realidad de cada hogar. 

Las clases pudientes, al lograr su ambición eterna de invisibilizar la pobreza, por fea antes que por injusta, crea las condiciones urbanas y arquitectónicas para el cinismo. Argumentos como “la gente es pobre porque quiere” (tan viejo como engañoso) se suma al “profundo análisis económico” que nace al momento de ver colas en una licorería y decir: “mira chico, como hay real en la calle”. Los empresarios, grandes y pequeños, amparados por el ejemplo perverso de la administración pública, bonifican el ingreso del trabajador y pagan el salario equivalente a menos de un dólar, se explota al trabajador y se le saca hasta la última gota de sudor (con jornadas extenuantes de lunes a lunes), para luego decir que lo hacen porque “están sobreviviendo a las condiciones del país”.

La ciudad construida con esos cimientos y con esos bloques, no es una ciudad desarrollada y próspera, no para la mayoría. Es una ciudad que discrimina, que es hostil al ciudadano. Frente a esa tendencia, hay que anteponer la necesidad de construir una ciudad que cuide y que no deje a nadie atrás. Hay que lograr que el principio que mueva la toma de decisiones públicas en el municipio sea la solidaridad antes que la codicia. 

Julio Castellanos / jcclozada@gmail.com / @rockypolitica 

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