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El país ha dado un vuelco, sin duda, desde que fuerzas militares estadounidenses apresaran a Nicolás Maduro y a Cilia Flores el 3 de enero. Delcy Rodríguez, quien fungía de vicepresidente del dictador, es nombrada presidente “encargada” por quién lo mandó a capturar. De inmediato, con su hermano, Jorge, introduce una reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos a la Asamblea Nacional para permitir a empresas foráneas el control operativo de la explotación del crudo, la comercialización directa de lo producido y la posibilidad de solucionar controversias en tribunales extranjeros. A la vez, flexibiliza el régimen de regalía e impuestos a aplicar. O sea, desmonta el cepo “nacionalista” que le impuso el propio chavismo al negocio. Diosdado Cabello, quien aparecía batiéndose el pecho para clamar desafiante que “ni una gota” de petróleo se iban a llevar los gringos si osaban meterse con el país, dice ahora, como si nada, que, si quieren comprarlo, no hay problema alguno que se lo lleven.
Luego lanza Delcy un programa para la Paz y la Convivencia Democrática, y nombra un equipo a tal efecto, coordinado por su ministro de Información, Ernesto Villegas, con presencia de reconocidas figuras independientes. Además, empieza a liberar presos políticos y anuncia que El Helicoide pasará de prisión a centro de servicios sociales y deportivos. Jorge, a quien veíamos desgañitarse pidiendo prisión para Edmundo González Urrutia, María Corina Machado y todos aquellos que protestaron el robo de las elecciones del 28J, confiesa ahora que no le gustan los presos. Pide perdón. Junto a Delcy, promueve la aprobación de una Ley de Amnistía que, de ser sincera, levantaría las penas a que, injustamente, fueron sometidos, tantos opositores a Maduro. Y el sempiterno ministro de Defensa, Padrino López confiesa, sin pena alguna, que les pidió a sus pilotos no enfrentar la incursión militar gringa, porque “era muy superior”, tragándose todas sus jactancias patrioteras previas.
Por lo visto, el maluco de la partida era Maduro. Al menos así parece desprenderse de esta puesta en escena. Donald Trump, satisfecho, alaba el comportamiento de su encargada, Delcy: “muy bueno”. Ante la pregunta de una reportera, la reconoce como autoridad, a pesar de carecer de legitimidad. Y, sin dejarse perturbar por tales menudencias, prosigue ajustando su protectorado sobre Venezuela.
Hace que la OFAC apruebe las licencias 49 y 50 para autorizar a entidades sujetas al régimen de sanción que se le había impuesto al petróleo venezolano, como a nuevas empresas, explotar nuestro crudo, siempre y cuando no tengan participación rusa, china, iraní Coreana del Norte, ni cubana, y se sometan a las leyes y a la jurisdicción de EE.UU. para resolver disputas. Los proventos obtenidos de su venta en el mercado internacional deberán ingresar, además, en una cuenta en Qatar que, si bien está a nombre de Venezuela, es administrada por el Depto. del Tesoro del país del norte. Éste decide los montos a ser entregados a la administración que maneja Delcy, así como sus propósitos, y exige una rendición de cuentas mensual de lo gastado. Sobre esto se realizarán auditorías externas, pagadas por el propio país (Venezuela). Cual intendente de una factoría, el gobierno de EE.UU. “cobra y se da el vuelto”, y dispone cuánto puede dejársele a “los nativos”. Con la visita a Venezuela del secretario de Energía, Christopher Wright, se afinan los asuntos operativos de este acomodo.
Conociendo la naturaleza corrupta y expoliadora del fascismo “bolivariano”, hay razones de sobra para negarle al equipo de Delcy el manejo directo del ingreso petrolero. Pero el asunto central es otro. Previendo las corruptelas de quienes dejó en el poder, Trump excluye toda participación venezolana en las decisiones sobre el destino de nuestra principal riqueza, el petróleo. Abiertamente confisca nuestra soberanía. Ésta reside, no en la mafia depredadora que ahora ensalza, sino en la voluntad mayoritaria de quienes votaron a favor de la libertad el 28J de 2024, más los millones de la diáspora que no pudieron hacerlo y quienes no los dejaron inscribirse en el Registro Electoral. Esta mayoría
cuenta con propuestas claras de cómo y dónde orientar los ingresos del país, así como para restituir el marco institucional que habrá de salvaguardar su manejo, bajo la vigilancia y participación activa de los propios venezolanos. Los intereses de la nación se aseguran ejerciendo la soberanía popular.
Pero, queda en el aire la gran pregunta: si Delcy y demás compinches de Maduro son, hoy, quienes mejor garantizan la estrategia de quien lo apresó, D. Trump, ¿cómo es qué estaban antes con aquél?
La respuesta, para muchos, es obvia. Si. Compartieron la naturaleza fascista del régimen de Maduro, asumiendo responsabilidades criminales. Pero ahora Trump les puso una pistola en la nuca para que cumplan sus mandatos. No tienen alternativa. Entonces, es igualmente obvio lo siguiente:
1) No están comprometidos para nada con su nueva misión. Al someterse, sin más, dan cuenta de que no responden a principios, ni valores, ni visión ideológica alguna. Su fin es el de sobrevivir.
2) El equipo de Delcy con el que se ilusiona Trump en absoluto es de fiar para avanzar hacia una transición democrática. Pero los tientan los proventos petroleros y, de ahí, más vale aparentar.
3) Lo que los ataba a Maduro y al legado, siempre invocado, de Chávez, no tenía nada que ver, por tanto, con ideales, ni propósitos revolucionarios, ni la procura de un bien común. Una razón, quizás no tan obvia, es que Maduro, por ser agente cubano, les aseguraba protección con el aparato de terror montado bajo tutela de éstos. Una vez abdicado todo intento de legitimarse políticamente, robándose descaradamente las elecciones del 28J, su poder pasó a depender, casi exclusivamente, de su capacidad de reprimir y de infundirle miedo a la población.
Cabe preguntarse cómo queda esto ahora, habiendo sacado a Maduro. ¿Se acabó, definitivamente, el soporte cubano al terror de Estado? Quedan los Granko Arteaga, los González López y demás esbirros, pero la pregunta es si ello habrá de incomodarle a Marco Rubio. Sin duda, la situación ha cambiado para mejor. Puede ser un paso a la democracia. No es del agrado del fascismo bolivariano. Los sacaron de su ampulosa zona de confort. ¿Cómo quedan sus lucrativas premiaciones a cuenta de ser “revolucionarios”? Hablamos del tráfico de drogas, de oro y minerales valiosos, extorsiones y demás corruptelas que el comisariato gringo prometió erradicar para justificar su incursión en el país.
No es de extrañar, por tanto, que empiecen a manifestar, abiertamente, su malestar. Les molesta la máscara que les conminaron a ponerse. De ahí su reticencia cruel a liberar por completo a los presos políticos y su sometimiento a medidas cautelares para acallarlos, así como las celadas ocultas en el proyecto de Ley de Amnistía, buscando negársela a María Corina y a otros, y para exculpar a los represores. Aflora el veneno de muertos políticos como Iris Valera y Jesús Farías, hijo –¿qué diría su padre, líder sindical comunista preso durante Pérez Jiménez? –, culpabilizando a los propios presos y exiliados de la oposición de haber provocado su “merecida” represión. ¡Ahora deberán aceptar las condiciones que les impone este Estado “magnánimo”! Y –no podía faltar–, el energúmeno del mazo tantea hasta dónde puede llegar con sus ofensas. Sin reprimir, desparece su poder. También el de Tarek. ¿Podrá Delcy conciliar estas ansias fascistas de revancha con el rol que se le encomendó? ¿O, será que el tutelaje gringo preferirá hacerse el loco mientras apoye la factoría petrolera?
Si algo debe quedar claro de todo esto es que la verdadera estabilidad de Venezuela pasa por el empoderamiento de sus ciudadanos para que puedan incorporarse a la construcción de su futuro. Sin democracia no hay estabilidad. Y ésta no será real si no se restaura el marco institucional liberal que garantice los derechos de todos, con libertad de los medios y de la protesta cívica. Su fundamento, la soberanía popular, se expresó de manera categórica el 28J de 2024. O se respeta su voluntad o se convocan nuevas elecciones, con todas las garantías. Lamentablemente, ni al protectorado ni a Delcy parecen interesarles la democracia. No se logra sólo con más producción de crudo y los “arreglos” confiados a Delcy son muy precarios. Demasiados resentidos todavía en el poder, ávidos por proteger sus lucrativos cotos de depredación. Es que, en absoluto, era Maduro el único maluco de la partida.
Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com
