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sábado 30 de agosto 2025
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Harina de pescado

Texto de Nelson Frank Noriega.

En la pampa desigual, a veces gris de puro sucio, grava y desánimo; a ratos marrón por la tierra y la harina esparcida, y a veces negra por el aceite y el gasoil derramados, se escuchaba el bramido de las gandolas que buscaban ansiosas —entre el humo oloroso a combustible que producían y el polvo que levantaban— el punto de desembarque de la preciada carga. Todo mientras el hiriente reflejo del cielo de media mañana de la vía de El Callao a Ventanilla, cerca de la capital de Perú, se ensañaba con los trabajadores del turno del día, haciendo sus trabajos de tierra y sol

En las mañanas, montado en la combi o el autobús en la carretera camino a la empresa, se hacían notar olores nauseabundos que eran comunes en la zona del mercado pesquero que se mezclaban con los que salían de las fábricas de papel, condimentos y productos derivados del pescado. Las narices se acostumbraban a aquella mixtura de aromas industriales y naturales, presagio del ambiente donde trabajaríamos en las horas por venir. 

Blanco era el químico usado para fumigar los sacos y evitar que fuesen infectados con la plaga que devora y daña la harina de pescado. La concentración de este líquido pestilente hacía lagrimear los ojos de quienes estuviesen más de 20 segundos en el pasillo recién fumigado, y seguramente afectaba los pulmones de los fumigadores más de lo que podían imaginar, mientras cumplían la tarea sin chistar y aprendían sobre la marcha. Así era todo en esa pampa de rigores; aprender rápido, aprender de todo, aprender para ser seleccionado y poder trabajar más horas, hasta más tarde, aprender para ganar más, para comer más y mejor.

En el desigual suelo, también blanco a ratos por la cal usada para demarcar y organizar los sacos de harina de pescado con destino al lejano oriente, la sed cundía silenciosa. Los trabajadores peruanos por alguna razón, entre la sumisión, el temor y la jactancia personal de imitar mejor a los camellos que el otro compañero, aguantaban los embates de las ganas de beber, hasta que terminase la siguiente descarga, o la siguiente carga, ciclo que a veces parecía no tener fin. 

Pero había una marcada diferencia. Nosotros, los trabajadores venezolanos, una minoría nada silenciosa, solíamos pedir agua a los capataces del complejo y ante la indiferencia, pasábamos a exigir la pausa para buscar dispensadores ubicados en las esquinas casi inalcanzables del gigantesco lugar. Desoyendo las advertencias cada vez con más volumen de esos pequeños tiranos, avanzábamos zigzagueantes cual zombis para refrescar nuestras deshidratadas bocas. Sin pena ni contemplación de un protocolo que no tomaba en cuenta la velocidad a la que el sol evaporaba los cuerpos y las almas de quienes, por razones de un destino discriminado, habíamos dado con sus huesos en esa explanada de interminables muros gigantes de sacos de harina de pescado que nos consumían la vida.

La sensación de ardor en los hombros,la espalda, la cara y los ojos era constante, a pesar de los lentes protectores y la cantidad absurda de protector solar que usábamos, como para prepararse para salir a escena cual payasos de un circo solar —y no precisamente “del Sol”—, donde el guion consistía en grabarse la radiación en la memoria de las pieles. 

Los que con la cara hinchada del cansancio terminaban el turno nocturno, se recostaban a dormitar en un cuartucho con literas desvencijadas y colchonetas vencidas, en una pequeña urbanización al otro lado de la carretera, al lado de la oficina de la compañía, donde nos pagaban y donde se guardaban en precarios casilleros las exiguas pertenencias de los trabajadores —incluyendo teléfonos, que estaban prohibidos en el complejo— un bolsito y algunos billetes y monedas. Allí intentaban descansar unas horas antes de volver a tomar el camino a casa, tan lejos como a dos horas de distancia por el endemoniado tráfico matutino de la ciudad y sus alrededores. Pero estuviesen durmiendo o trabajando, también sufrían los embates de los “amigos de lo ajeno”, que no creían ni se detenían ante candados chinos de tres soles peruanos ni en el compañerismo solidario que suponía que trabajaban entre iguales, pues había gente que parecía trabajar más por el provecho de lo que podían robar a los demás que por el producto del trabajo de sus horas en el descampado. 

Quienes empezaban sus labores en la empresa e iniciaban un entrenamiento acelerado,            —junto a los que llegaban con retraso a reportarse al trabajo y no eran devueltos a casa— eran comúnmente “relegados” a un trabajo aparentemente ligero y tranquilo, que se hacía en un sector de la pampa, como era limpiar, reparar y doblar apropiadamente las inmensas lonas que cubrirían los muros de sacos de harina de pescado, bañados sin piedad por un sol tórrido y refulgente. Se extendían las lonas sobre el suelo entre varios operarios, como si fuesen a instalar una carpa de circo, se barría y se limpiaba con paño mojado y luego se doblaba con una técnica muy específica. Pero a quienes se asoleaban en este sector les daban salida antes, y como el cobro era por hora trabajada, el cobro a final de mes era menor, casi insuficiente. Eso hacía que madrugar para llegar entre los primeros fuese la clave para que alcanzara el sustento de la semana siguiente. 

Allí entre los venezolanos aprovechamos para conversar, para conocernos durante horas hablando sobre nuestras historias personales y familiares, lo que nos había llevado allí, lo duro del trabajo, de la comida de nuestro país anfitrión, pero también me sirvió de escenario para entretener a los compañeros con canciones que eran fuente de curiosidad para los peruanos y de nostalgia y alegría para los venezolanos. Así, pronto se corrió la voz de que había un venezolano que cantaba mientras limpiaban las lonas y comenzaron a llamarme “el cantante”. Recordaba en ese tiempo los cantos de trabajo que había escuchado y aprendido desde niño en mi natal Venezuela, los de ordeño del llano, los de las lavanderas en los ríos, los del pilón, y comprendí más que nunca la valía de aquel recurso musical para mantener la ecuanimidad, el espíritu alto y la cordura.

Al grupo de operarios que llegaba de último en la mañana, o estaban castigados por un “mal” comportamiento en las instalaciones, por desobedecer una orden, por responderle a un supervisor o jefe, o por una mala manipulación de equipo o producto, los llevaban a una operación de limpieza de los sacos, una tarea que requería ponerse un tapabocas, que era más simbólico que útil. Consistía en pasar un cepillo a mano por cada uno de los sacos de aquellos muros interminables, verdugos de los músculos de los brazos, utilizando en parejas unas escaleras que parecían tan altas como el cielo. Era una tarea que se extendía hasta altas horas de la noche, usando las luces del complejo, que no permitían distinguir muy bien entre las sombras engañosas y la presencia indeleble de la tierra de la pampa.

Yo me ponía pañuelos debajo del tapabocas y me protegía los ojos con lentes, pero al terminar siempre sentía que acababa de salir de una cueva donde había escarbado hasta llenar mi garganta, mis orejas, mi cabello y mi alma de esa tierra gris aceitosa que se adhería a los sacos como pulgas hambrientas a perros desesperados, y nos impregnaba del olor de un submundo patético. Todos pasábamos por todos los trabajos de la pampa, para tener la experiencia de hacerlo todo, en caso de necesidad.

Un día de finales de noviembre, en pleno verano, tras haber presenciado cómo una hilera de gandolas ingresaba al complejo con el cargamento que llegaba desde varias partes del país, nos condujeron al fondo de la pampa hasta un cilindro de concreto cortado a la mitad, con el número 244-B pintado en blanco sucio, que indicaba la parcela donde se armaría esa mañana otra ruma de sacos de harina. Los jefes llamaban a esos cilindros “probeta”, y encontré muy apropiado el nombre, pues lo asocié con un nuevo experimento al que nos someteríamos los nuevos trabajadores, varios de ellos paisanos, para saber si rendiríamos al ritmo exigido, si haríamos correctamente los amarres que nos habían mostrado un par de veces y, sobre todo, si aguantaríamos el esfuerzo físico y desgaste de descargar, organizar y amontonar la carga en torres inexpugnables, lo que nos aseguraría poder trabajar la mayor parte de la temporada y obtener los urgentes ingresos que requeríamos para sobrevivir.

Dividieron la cuadrilla en dos. A dos “punteros”, o “puntas”, como nos llamaban a los operarios, les indicaron montarse en las plataformas de descarga de las gandolas para “orejear” las eslingas con una especie de pértigas con un gancho en su punta, y a los otros dos nos dejaron en la tierra indicándonos brevemente cómo debíamos recibir los sacos, organizarlos y amarrarlos para ir construyendo un muro, como las decenas que se elevaban imponentes en ese paisaje lúgubre y desangelado. 

Sí, yo también me pregunté en ese momento qué eran las eslingas, y cómo se “orejeaban”. Las eslingas eran una especie de mallas de cuerda de fibra artificial en las que se iban organizando los sacos y que luego se levantaban por las orejas de las esquinas para poder trasladarlos con los montacargas desde la plataforma de la gandola hasta el suelo, para luego ir levantando el muro, apilándolas unas sobre otras de una manera muy ingeniosa para mantener la estabilidad. 

Tenían en cada esquina un saliente reforzado en forma de lágrima invertida hueca, que llamaban “oreja”, por el que los obreros hacían pasar hábilmente en el aire, con las pértigas, las barras de metal del montacargas y así levantaban la eslinga, que llena de sacos debía pesar varios cientos de kilos, un peligro mortal si le caía a alguien en la cabeza, lo que inutilizaba el casco que usábamos. Era un riesgoso aprendizaje acelerado, y había que estar siempre pendiente de los movimientos del montacargas y las peligrosas barras de metal que ya habían dejado lisiado a más de un descuidado operario.

Los punteros veteranos se habían apresurado, al llegar, a apropiarse de unas pértigas con la punta en gancho, especiales para “orejear”; según ellos era el mejor trabajo, solo estar parado sobre la plataforma esperando que el montacargas buscara cada eslinga, y la depositara en la tierra o sobre las otras, mientras que estábamos abajo gritábamos “entra, entra, entra”; “queda, queda, queda”, para orientar el trabajo del operario del montacarga. Esa también era una tarea complicada, pues eran hombres de poca paciencia y rebosantes de malas palabras que habitaban sus bocas y siempre tenían a flor de labios.

Rápidamente entendí que, aunque podía ser más descansado, ese trabajo era más desgastante, pues los punteros estaban expuestos permanentemente al sol de la costa peruana que era absolutamente inclemente, y a uno de los más nocivos del mundo por la latitud, desde donde penetran sus rayos inflamados. Me ofrecí de voluntario para trabajar en tierra y aunque el sol no perdonaba a ningún cuerpo, al menos podía ocultarme a ratos del sol a la sombra de los muros vecinos, y luego del mismo muro que construíamos, mientras los otros punteros orejeaban. Y así me mantuve durante esa y las otras descargas, aprendí a hacerlo bien y me gané el derecho de trabajar allí.

Al terminar de armar el muro y luego de hacer amarres para su estabilidad, había que cubrirlo por completo; lo hacíamos entre tres, extendiendo una inmensa lona de tela sintética doblada de una forma especial que un montacargas había depositado en la cima del muro. Maniobrábamos con las pértigas, posicionando uno a cada lado del muro, mientras otro se subía en él, corriendo simultáneamente por el centro en la altura y con los brazos hacia el cielo logrando proteger la estructura del sol y el polvo, amarrando luego la lona a tierra y buscando en el árido suelo el alivio del descanso después de tamaña proeza, que entre nosotros ya veíamos como cotidiana.

Ciertamente, era un ritmo frenético de trabajo en el que la noche y la madrugada se unían sin que se notara fehacientemente la pausa del descanso. Aún recuerdo la sensación de que solo lo compensábamos con algunas horas de sueño en casa y dos buenas arepas con carne, pollo o caraotas, que cual pastillas energéticas nos daban la fuerza para aguantar el rigor de la jornada diaria, comiendo apurados antes de salir o camino al trabajo, entre bamboleos del autobús o la combi, ayudándolas a pasar por la garganta con un gran vaso de jugo espeso de guayaba o mango. Esto nos mantenía con ánimo, en movimiento, y nos recordaba nuestras rutinas del pasado en Venezuela, hasta que parábamos después del mediodía para recibir los almuerzos pagados por la empresa en una casucha del barrio frente a la planta, atravesando la hirviente carretera. Allí, los protagonistas de los platos eran las papas, el arroz, los fideos y el pan. Algunas presas de pollo o cerdo adornaban también la comida y las ensaladas eran un exotismo que solo se explicaba porque alguien estaba “a dieta”.

Esos ratos de compartir entre peruanos y venezolanos eran los que muchas veces definían las preferencias, amistades, alianzas y discordias laborales. Allí se usaba con cierto éxito la terapia de la “echadera de vaina” entre nosotros y que a veces había que explicar a los peruanos. De alguna manera se recargaba el espíritu para continuar la jornada, en los casos “más afortunados” hasta altas horas de la noche. Después del almuerzo, ya de regreso al complejo, el sopor nos invadía por unos minutos en los banquitos de la entrada, donde estaba el dispensador principal de agua con filtro. Algunos lograban conciliar un corto sueño o hacer una siesta despiertos, para convencerse mentalmente de que había que seguir, mientras se repasaba casi como un rosario el número de horas trabajadas ese día. 

En ese mismo lugar, temprano cada mañana, mientras se comentaban los sucesos, accidentes, peleas entre compañeros y disputas del día anterior con los supervisores, y se aplicaba el protector solar, los jefes de la pampa daban su discurso “motivador”. Se dictaban las líneas y acontecimientos del día, se anunciaban las suspensiones por inasistencias o comportamientos previos y se pasaba lista de los “punteros”, asignándolos a los distintos espacios de trabajo en la pampa: 

—Chino, Cambalache, Calampa y Amasifué, se van para la 136 a descargar. Siri, Rosales, Zabala y Tello, se van a tapar la 89, y luego a descargar en la 95; Pérez, Becerra, Holguín y Torres a limpiar lonas; Arrieche a fumigar y los demás a limpiar sacos. Vamos, vamos, que estamos empezando tarde.

En ese lugar, la mayoría de los punteros tomaba agua con frecuencia en ese dispensador, el más grande con filtro y refrigerado, cada vez que se tenía oportunidad —o cuando estallaba alguna pequeña rebelión por la sed acuciante—. Algunos recargaban sus cantimploras para llevar al lugar de trabajo asignado ese día en el complejo, una acción que siempre consideré inútil, pues en menos de una hora el sol ya había hecho de esa agua un líquido caliente y de sabor extraño. 

Por eso, luego de varias semanas de trabajo, ya en enero del año siguiente, no me sorprendió cuando una mañana difícil simplemente no me pude parar de la cama; había pasado toda la madrugada en visitas urgentes al baño y me encontraba débil y deshidratado. Tenía la certera sospecha de que tenía que haber sido el agua de ese filtro que tenía algún problema, y que me había ocasionado esa reacción estomacal, anunciándome mi cuerpo su reticencia a continuar en aquella situación, con gran alboroto: “¡Ya basta!”. Con la solidaridad de mi anfitrión, que buscó los medicamentos recomendados, pasé los tres o cuatro días siguientes recuperando mis fuerzas y mi color, pues el peso tomaría varias semanas en volver a ser el que tenía cuando meses atrás había empezado a trabajar con la harina de pescado.

La mañana en que volví al trabajo pedí la palabra poco antes de la asignación de funciones y denuncié lo que me había ocurrido, exigiendo que se hiciera una inspección al dispensador de agua que creía culpable de mi enfermedad, y la respuesta fue vaga, parca y poco solidaria por los jefes. Entonces reté a los otros trabajadores a que dijeran si alguno había sufrido algo parecido los días o semanas anteriores, y entonces tímidamente, ante mi presión e insistencia, uno tras otro, varios compañeros peruanos comenzaron a confesar, en voz baja, que habían pasado por la misma situación, recientemente o en el pasado. 

La indignación de los amigos venezolanos no se hizo esperar y les reclamaron no haber alertado a tiempo sobre su situación para evitar que le ocurriera a los demás, y a los supervisores por no vigilar el mantenimiento de un equipo de trabajo tan importante. Con el escándalo, agravado por una situación de rabia colectiva, un jefe superior del complejo dio la instrucción de que se llevaran el dispensador y le tomaran muestras para determinar si era el responsable, lo cual se confirmó días después y resultó en la sanción del encargado y un pequeño bono de compensación para quienes como yo habíamos perdido varios días de trabajo por la falta de mantenimiento del equipo, lo que nos sorprendió a todos.

Este evento puso de manifiesto de nuevo un rasgo de nuestra identidad en cuanto al carácter y nuestra seguridad para reclamar lo justo, para no conformarnos, y la solidaridad entre los obreros paisanos, unidos como uno solo en momentos de dificultad. Nunca olvidaré ese episodio, pues junto con otra situación de salud en la piel derivada del trabajo en la pampa marcaron mi decisión, unas semanas más tarde, de abandonar aquel trabajo insólito, que sin embargo dejó como fortaleza, hasta el presente, la sensación de ser capaz de todo, de poder enfrentar cualquier reto o dificultad laboral, física o emocional que surja en el aún largo camino por recorrer en la diáspora.

Durante el resto de mi estancia en Lima, que se prolongaría luego por varios meses debido a la aparición siniestra de la pandemia, solía escribir en una pequeña libreta palabras, frases y textos de recuerdo de mis inéditas experiencias en los trabajos que tuve y tenía en Perú, como si estuviera recreando un extraño sueño continuado en una realidad paralela y nada virtual; tal era el cansancio que acumulaba hacía ya unos meses. Pensaba, entre los movimientos y frenazos a veces violentos de la combi, que había aprendido tantas cosas en tan poco tiempo que solo me servían para implementarlas sin apenas procesarlas. Había conocido y empezado a entender los submundos que existen paralelamente a la vida citadina limeña y que recorren los extranjeros en una carrera permanente por llegar al otro día, siempre con un ojo en nuestra tierra y los afectos que nos convocaban desde cientos de kilómetros al norte.

Los automatismos de esa vida de horarios difusos eran rotos ocasionalmente con alguna caminata por alguna zona no conocida de la ciudad, algún paseo solo por la plaza de Miraflores, que me nutría con un poco de estética y rostros más amables, y sobre todo observando y respirando el mar desde el mirador. Allí podía escuchar el acento de otros venezolanos, que también contemplaban nostálgicos el horizonte, y probablemente también buscaban en aquel refugio, en aquella visión marina que recordaba a nuestro Caribe —aunque con los colores más oscuros y nublado de la costa del Pacífico—, un poco de esperanza, de recarga anímica por un posible regreso a la tierra de nuestros arraigos o por la posibilidad de volver a ver a los seres amados, separados de nosotros por la locura que nos cambió la vida.

La entrada Harina de pescado se publicó primero en El Diario.

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