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viernes 20 de marzo 2026
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Juan Guerrero:Opinión

Gastronomía venezolana, por Juan Guerrero

Hace más de 20 años asistí, como director de cultura de la universidad donde laboraba, a una charla que ofreció el profesor e ilustre pensador venezolano, José Manuel Briceño Guerrero. En esa conversación, Briceño Guerrero afirmó que la sabiduría entraba siempre por la lengua. “Por eso la lengua tiene un sabor y también un saber”, decía. Y fue más específico: indicó que estando en un alejado pueblo, en la antigua Unión Soviética, le tocó visitar a unos campesinos quienes le dieron a degustar una que otra comida y bebida típicas de la región. Mientras disfrutaba de la comida, el profesor Briceño Guerrero describía el placer que sentía por los diferentes sabores, olores y texturas combinados con los comentarios sobre la vida en el campo. Así, la comida se convirtió en una experiencia que fortalecía los saberes que recibía en la cordialidad de una informal conversación.

Indico lo anterior como referencia a lo que en Venezuela se vive por estos tiempos donde la gastronomía venezolana ha explotado en el mundo culinario como revelación, milagro o fenómeno que en una diversidad de países desata los paladares, tanto de alto refinamiento profesional en restaurantes de Estrellas Michelin, como en aquellos sitios de los llamados food truck o camiones de comida callejera.

Lo cierto es que en medio de este furor por la gastronomía venezolana se cuela algo todavía un tanto desconocido, para la generalidad de quienes se acercan a degustar los diferentes platos de la comida venezolana: la esencia de sus sabores y saberes. Y es precisamente ahí donde anida la sabiduría de nuestro pueblo, los muchos saberes de una sociedad que muestra su fortaleza cultural, sus tradiciones en medio del gusto por la variedad de sus sabores, olores y texturas, que se entremezclan con la infinita variedad de carnes, quesos, verduras, dulces y frutas que dan luz a la variedad de platos que inundan los restaurantes del mundo.

Hace ya muchos años nuestro emblema culinario nacional, la arepa, comenzó a rodar sola por el mundo. Hasta que cierto día la UNICEF determinó que, al combinarse, ofrecía el desayuna más completo y barato del mundo. Creo que a partir de entonces oficialmente se reconoció a este sencillo alimento como el manjar más buscado y apreciado del mundo.

Hoy nuestro emblema culinario por excelencia ha ampliado su ranura para recibir, desde el jamón serrano, el queso manchego, el caviar sueco, hasta las algas japonesas o los “locos chilenos”. Tequeños, empanadas, cachapas, carne en vara, parrilla maracucha, besitos de coco, la inmensa variedad del quesillo venezolano, entre cruzados de sopas orientales o el aguaito guayanés, rigen hoy la norma de la comida internacional.

Pero de toda la vasta gastronomía venezolana la arepa y sus múltiples combinaciones, sigue imponiéndose como la favorita en el paladar mundial. Esto debe ser así porque en su sencilla y práctica realización va impresa la huella de la tradición culinaria ancestral del ser venezolano: sus saberes, sus virtudes, el patrón cultural de un pueblo que ha sabido reconocer en ese círculo y ostia alimenticia el valor y la razón de lo que somos como sociedad, como país, nación y república. 

A fuerza de estudio, constancia, excelencia y sacrificio nuestros cocineros han sido reconocidos con múltiples distinciones. En Hanoi, Sidney, Buenos Aires, Nueva York, Roma, Barcelona, Calcuta, Moscú, entre cientos de pueblos y ciudades alrededor del mundo, los sitios de comida venezolana son parada obligada de comensales degustando el sabor venezolano. Y nuestros cocineros, maestros pasteleros y queseros, no solo preparan comida, enseñan a comer. Porque una hallaca no es fácil de degustar. Tiene sabores complejos, multisápidos. Enseñar a comer implica procesos de alfabetización culinaria. 

La cultura de un país no son solo sus artistas, políticos, científicos o deportistas. Lo son también sus anónimos ciudadanos, aquellos que en sus hogares encienden el fogón donde anida el saber ancestral primordial que da sentido y razón a la vida. Por eso la gastronomía venezolana es el alimento esencial, básico, donde el saber se combina con el sabor y se expresa en el gusto de nuestra lengua y en la multiplicidad del arte y la cultura.

Lo que hemos sido, somos y seremos se resume en lo que aprendimos a degustar desde nuestra primera infancia: los más antiguos rasgos que reconocemos como nuestros sabores primarios. Por eso un venezolano nunca olvida el sabor ni el olor del ají dulce, o el delicioso bocado de una catalina combinado con el queso guayanés mañanero degustado con café negro. Nos identificamos y somos uno en medio de nuestro tricolor nacional, pero somos eternos y trascendentes en la mezcla exquisita de nuestras comidas, celebrando la vida con nuestro chocolate y nuestro ponche crema. ¡Buen apetito!

 

(*)  camilodeasis@gmail.com   X @camilodeasis   IG @camilodeasis1

 

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