Legitimidad ética no es lo mismo que poder real y, en política, confundir ambas cosas suele salir muy caro. A estas alturas de abril de 2026, el dato político central ya no admite mayores disfraces: María Corina Machado logró acumular una legitimidad ética internacional extraordinaria, con primarias arrasadoras, documentación rigurosa del episodio electoral de 2024, Nobel de la Paz 2025, pero hasta ahora no ha logrado traducir ese capital en poder ejecutivo real.
Ese contraste, tan elocuente como brutal, no puede explicarse solo por la represión del gobierno ni por la ferocidad del chavismo, tampoco por la conducta interesada de los actores externos. Hay una falla propia, profunda y estructural, que ayuda a entender mejor que ninguna otra el desenlace actual: haber colocado, en términos prácticos, el eje de su estrategia de acceso al poder en una superpotencia como Estados Unidos, confundiendo los intereses metaestratégicos de Washington con los intereses inmediatos de la facción política que ella encabeza. Ese no fue un error más, fue el error que terminó ordenando y agravando todos los anteriores.
El maximalismo confrontacional, el personalismo excluyente, la dificultad para construir una coalición suficientemente amplia, la desconexión con códigos culturales decisivos del país y la dependencia excesiva de un entorno exiliado quedaron, en buena medida, subsumidos en esta falla mayor. En otras palabras, se trató de un liderazgo con una enorme fuerza épica, pero con una lectura geopolítica sorprendentemente ingenua, sobre la cual pretendía (o parecía pretender) que Estados Unidos, por afinidad ideológica, por convicción democrática o por utilidad coyuntural, terminaría actuando como ejecutor de la agenda opositora venezolana.
En otras palabras, se esperaba (en esa errada visión) que Estados Unidos removería al núcleo duro del chavismo (como finalmente ocurrió a partir de los eventos del 3 de enero de 2026 en la operación “Absolute Resolve”) y posteriormente, facilitaría, casi de manera lineal, el ascenso inmediato de Machado al poder. Pero esa premisa desconocía una verdad elemental de la historia internacional como lo es que las superpotencias no funcionan como madrinas sentimentales de causas locales. Son estructuras de poder que se mueven conforme a intereses permanentes y trascendentales, no a fidelidades emocionales ni a romanticismos democráticos.
Washington no tiene amigos eternos; tiene prioridades metaestratégicas. Y esas prioridades, en el caso venezolano, resultan bastante claras. Primero, la estabilización de un país petrolero con las mayores reservas probadas del mundo, cuya normalización tiene implicaciones energéticas, financieras, y hemisféricas de largo alcance. Segundo, la contención de riesgos mayores: colapso institucional prolongado, nuevas oleadas migratorias, expansión de espacios para actores hostiles a Estados Unidos y desorden regional. Tercero, la reorganización del tablero bajo parámetros razonablemente previsibles para la inversión, la seguridad y la gobernabilidad. Ninguno de esos objetivos obliga, por sí mismo, a colocar en el poder a una líder opositora específica, por más fama internacional que acumule o por más visibilidad comunicacional que haya conquistado.
Allí estuvo la confusión decisiva, en la cual Machado y buena parte de su entorno internacional actuaron como si la coincidencia táctica con Washington equivaliera automáticamente a una convergencia estratégica plena. Como si la causa de su facción fuese, sin más, la causa del superpoder estadounidense. Como si el respaldo externo fuese una especie de cheque geopolítico al portador. Pero el poder internacional serio no opera así. Nunca ha operado así. Y mucho menos en una zona de altísimo valor energético, atravesada por décadas de intervención, realineamientos y decisiones frías de conveniencia. Ese error no fue solo político. También fue, en buena medida, un error de su entorno intelectual. Durante demasiado tiempo, Machado se ha rodeado (o al menos se ha dejado influir) por un circuito de asesores y opinadores internacionales con reflejos ideológicos previsibles, muchas veces instalados en una visión liberal-globalista que entiende bien el lenguaje de ciertas corrientes del progresismo global, de los derechos y de las sanciones, pero entiende bastante menos la lógica descarnada de la disputa por el poder. Un entorno más cómodo en la superioridad heroica del discurso que en la arquitectura áspera, incómoda y muchas veces empíricamente ambigua de las transiciones reales.
Conviene decirlo sin eufemismos innecesarios, en materia de política internacional, una parte relevante de ese entorno ha exhibido más rigidez doctrinaria que inteligencia estratégica. Más catecismo que realismo. Más egolatría que capacidad. Más entusiasmo por el aplauso externo que comprensión de cómo actúan los Estados cuando se juegan intereses estructurales. Y eso, en un momento histórico de tanta densidad, no es una falla menor, es torpeza, torpeza revestida de lenguaje sofisticado, pero torpeza al fin. Porque confundir apoyo retórico con garantía de transferencia de poder no es una sutileza analítica, es un error grueso, y cuando ese error se comete frente a la única superpotencia actual del planeta, el costo político termina siendo devastador.
El problema, además, se agravó porque esa apuesta externa fue ocupando el espacio que debió llenarse con construcción interna de poder. Mientras se reforzaba el alineamiento internacional (incluida la entrega simbólica de la medalla del Nobel en la Casa Blanca), no se edificó con la eficacia necesaria una estrategia nacional de fractura controlada del adversario. No se consolidó, en la magnitud requerida, un dispositivo serio de incorporación de sectores chavistas pragmáticos, factores de poder con vocación institucional, burócratas agotados o actores económicos interesados en una transición negociada. Se apostó demasiado a la presión máxima y demasiado poco a la ingeniería política del desprendimiento interno. Se confió en el empuje externo como sustituto de la coalición nacional, y eso, en Venezuela, casi siempre termina mal. A ello se sumó otro elemento nada menor: esa cercanía excesiva con Washington reforzó una narrativa adversa que nunca debió ser alimentada con tanta facilidad.
En un país con memoria antiimperialista inducida, con orgullo nacional herido, con capas populares moldeadas por décadas de discurso soberanista vacío y con un aparato militar formado en la sospecha frente al poder estadounidense, aparecer demasiado asociado a una salida tutelada desde afuera no suma, resta; no abre puertas, las cierra; no facilita adhesiones decisivas, las encarece; no reduce temores, los multiplica. También allí hubo una ceguera política considerable. La paradoja es dura, pero conviene mirarla de frente. Machado contribuyó de manera decisiva a erosionar la legitimidad del poder anterior, a documentar el fraude, a sostener una narrativa ética de resistencia y a movilizar voluntades dentro y fuera del país. Pero precisamente porque se convirtió en un activo narrativo de gran valor internacional, terminó siendo útil como factor de presión, no necesariamente como destinataria final del poder.
Washington capitalizó esa legitimidad para dotar de cobertura moral y política el reordenamiento del tablero; luego terminó inclinándose completamente por Delcy Rodríguez, más funcional a la estabilización política y energética de corto plazo. Y esa diferencia es esencial. En política, la utilidad simbólica no garantiza centralidad operativa. De hecho, a veces ocurre exactamente lo contrario, es decir, quien se vuelve muy valioso como emblema puede terminar siendo prescindible como administrador efectivo de una transición compleja. Eso es, precisamente, lo que este episodio revela con toda su crudeza. Una superpotencia puede utilizar una legitimidad moral para justificar presión, rediseñar incentivos, acelerar desenlaces y reorganizar un tablero. Pero la distribución final del poder responderá a su propio cálculo, no al pensamiento desiderativo de quienes imaginaron ingenuamente que estaban siendo acompañados en una cruzada compartida.
El poder no se terceriza sin consecuencias. Y menos aún se importa empaquetado desde una capital extranjera. Por eso, el error geoestratégico de María Corina Machado no fue simplemente haber delegado en Estados Unidos. Dicho así, el diagnóstico sería superficial. Su verdadero error fue haber estructurado una parte sustancial de su horizonte de llegada al poder sobre la idea de que Washington convertiría su legitimidad moral en poder efectivo bajo sus propios términos. Y la historia, una vez más, demostró lo contrario: los grandes poderes no entregan poder, lo administran; no premian fidelidades, optimizan intereses; no ejecutan agendas de facción, reordenan equilibrios conforme a sus necesidades.
Si Machado quisiera corregir ese curso, tendría que hacer algo que hasta ahora no ha parecido natural en su trayectoria: desplazar el centro de gravedad de su estrategia desde la validación externa hacia la construcción soberana de poder interno. Eso implicaría hablarle al país con mayor amplitud, revisar dogmatismos, ampliar interlocutores, abandonar toda estética de tutela extranjera y asumir, de una vez por todas, que Venezuela no se reconstruirá desde un laboratorio ideológico ni desde el entusiasmo de asesores internacionalistas con más autosatisfacción intelectual que eficacia estratégica.
Porque al final la lección es bastante simple, aunque resulte incómoda. En una república fracturada, petrolera, polarizada y cargada todavía de nacionalismo residual, el poder durable no lo confiere una ovación internacional ni la simpatía de una cancillería. Se construye adentro, con inteligencia, pragmatismo, coaliciones, comprensión cultural y sentido histórico. Todo lo demás puede dar visibilidad, retórica o titulares. Pero no da poder. Y en política, cuando se confunde prestigio con poder, normalmente se termina con lo primero y sin lo segundo.
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