domingo 31 de agosto 2025
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José GerbasiOpinión

El eco sagrado de nuestra terquedad, por José Gerbasi

Hay un tipo de luz que no se apaga. No importa cuántas tormentas o sombras intente el universo lanzar sobre ella. Es esa terquedad sagrada que nos late en las venas, un eco milenario que nos grita que la patria no es solo tierra, sino una canción que se canta con la memoria y una promesa que se construye con las manos.

Para ti, que amaneces con el peso del mundo en los hombros, pero igual te pones de pie… para ti, que conoces el sabor de las lágrimas y la sal de la lucha… a ti te escribo esta carta con la tinta más pura de la esperanza, la que brota del corazón y de la calle.

Sí, la vida duele. Nos ha mostrado sus garras, sus días largos, sus noches vacías. Ha puesto a prueba nuestra capacidad de doblarnos sin quebrarnos. Y en esos momentos, el susurro de la rendición se vuelve casi irresistible. La tentación de cambiar dignidad por comodidad, de silenciar nuestra alma por un instante de paz, es una herida abierta. Pero aquí está la verdad que nos hace libres: lo que nos define no es el peso de la carga, sino cómo decidimos llevarla.

Hemos visto a quienes vendieron su alma por unas monedas, a quienes canjearon su silencio por un plato de comida. Hoy ríen, pero en sus pechos llevan una cárcel invisible. Su condena no es nuestro odio—no lo merecen—, sino el vacío que los consume cada noche, cuando se miran al espejo y ven a un traidor de sí mismos.

La valentía no es la ausencia de miedo; es saber que hay algo más grande que él. Es levantarte cada mañana, mirarte al reflejo y reconocer que, a pesar de las cicatrices, sigues siendo tú. Que ninguna pérdida, ninguna injusticia, ningún éxodo ha podido robarte lo más esencial: tu capacidad de elegir quién eres en medio del caos.

Y en esta batalla del alma, no estamos solos. Piensa en esas risas que resuenan en tu memoria, en las manos que te han sostenido, en ese «te quiero» que desafía la distancia. La riqueza no se mide en monedas, sino en la luz que enciendes para otros cuando tu propio mundo parece oscuro. La tele nueva no abraza, el teléfono caro no escucha. Lo que te llena el pecho es saber que, al final del día, le importas a alguien.

Este es un grito para que despiertes. Desde tu trinchera —sea un rincón en Caracas, un parque en Estados Unidos, o una oficina en Madrid— haz tu parte con amor. Sé impecable en lo pequeño: habla con la verdad, trabaja con orgullo, abraza con el alma. Que tu hogar sea tu reino, y tu carácter, tu fortaleza más inquebrantable.

No caigas en la trampa de lo superficial. A veces, en la carrera por sobrevivir, olvidamos vivir. Endurecemos el corazón para no sentir y nos volvemos extraños de nosotros mismos. La amargura no nace de lo que nos falta, sino de olvidar lo que ya tenemos.

Pero nosotros, los testarudos del alma, los que seguimos creyendo contra toda evidencia, los que entendemos el concepto de paciencia estratégica, sabemos una verdad antigua como el primer fuego: el mundo no se cambia con discursos, sino con actos obstinados de belleza cotidiana.

Nuestra psicología profunda es la de un pueblo que late con un verbo sagrado: RESISTIR. Y resistir no es solo aguantar, es crear. Es ese padre que trabaja tres turnos, pero aún llega a casa con un cuento para sus hijos. Es esa abuela que sigue haciendo hallacas, aunque la harina sea un lujo. Es ese joven que estudia a la luz de una vela cuando se va la electricidad. Cada uno de ustedes, con sus días, está escribiendo la épica silenciosa de los que no se rinden.

Mientras los cobardes acumulan cosas vacías, nosotros cultivamos raíces profundas. Su peor castigo es el vacío que se esconde detrás de sus dientes de oro.

A ustedes, que siguen de pie cuando el viento sopla en contra, les digo: su terquedad no es inútil. Cada vez que eligen la dignidad, cada vez que prefieren la verdad al aplauso, cada vez que sonríen a pesar del dolor, están tejiendo el país que vendrá.

Venezuela no es solo un territorio; es la suma de nuestras decisiones diarias. Si tú te levantas, ella se levanta contigo. Si tú honras lo esencial, el futuro dejará de ser una promesa para convertirse en un acto de creación.

Porque Venezuela no es el pasado que perdimos, sino el futuro que inventamos cada día con nuestras manos.

No somos héroes. Somos simplemente esos locos que siguen creyendo que un pueblo unido por valores puede más que mil ejércitos de oportunistas.

Y cuando la historia nos juzgue, no preguntará cuánto tuvimos, sino cuánto amamos. No recordará nuestras caídas, sino la manera en que nos levantamos.

Queda una última verdad, tan antigua como el Orinoco y tan nueva como el amanecer: «Nadie puede robarte lo que nunca podrás vender». Y eso, hermanos míos, es lo único que realmente importa, ¡porque la esperanza no se negocia!

 

Vamos por más, 

@jgerbasi

 

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