La imagen hace enmudecer a cualquiera. Un cohete descomunal se levanta lentamente hacia el cielo en completo silencio, en una tarde de clima perfecto, mientras espesas nubes y brillantes llamaradas salen de su cola. Pasan segundos eternos hasta que se escucha el primer rugido de los motores, después transformado en una atronadora sucesión de explosiones mientras la lanzadera está ya muy alta en el cielo azul, y los periodistas gritan y vitorean a los cuatro tripulantes de la primera misión a la Luna en más de medio siglo.
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