
Persisten en el país dos dimensiones que marcan la vida cotidiana: una economía que condiciona la supervivencia diaria y una política que, aunque estructural, es percibida como distante por buena parte de la sociedad. Esta desconexión no es casual. Es el resultado de un proceso prolongado donde la institucionalidad fue debilitándose mientras se intentaba sostener el sistema mediante ajustes económicos parciales. Entender esta relación es clave para interpretar por qué, a pesar de ciertas tendencias de movimiento, la expectativa de cambio sigue siendo difusa.
En el plano económico, la realidad muestra una paradoja evidente: hay signos de actividad, pero no de bienestar. La economía venezolana continúa marcada por una inflación que sobrepasa los límites y erosiona de forma constante el poder adquisitivo, y se sitúa entre las más altas del mundo. Aunque se registran intentos de crecimiento y cierta circulación de divisas, estos no se traducen en estabilidad ni en mejoras sostenidas para la mayoría de la población. Se trata de una recuperación incompleta, donde el movimiento económico no logra convertirse en progreso social.
Este comportamiento no es aislado, sino parte de un modelo donde la economía se utiliza como herramienta de contención política. Durante años, bajo el argumento de las sanciones externas, se intentó explicar el deterioro económico; sin embargo, la evidencia acumulada apunta a un problema más profundo, vinculado a decisiones internas y a un modelo que, incluso en momentos de altos ingresos, no logró invertir los recursos para lograr un desarrollo sostenible. La flexibilización parcial, la apertura controlada y los ajustes puntuales buscan ahora aliviar tensiones sin transformar las bases del sistema. Así, se configura una dinámica donde se permite cierto funcionamiento económico, pero sin garantías institucionales que lo sostengan.
En paralelo, se observa un intento de proyectar cambios desde el poder mediante la rotación de actores, modificaciones discursivas y señales de reorganización. Sin embargo, estos movimientos no alteran la lógica central que durante años ha subordinado las instituciones a intereses particulares. El resultado es una apariencia de transformación que no se corresponde con una reforma real. Esta estrategia, propia de sistemas que buscan adaptarse sin ceder, puede generar una sensación momentánea de apertura, pero no construye confianza ni restituye la institucionalidad perdida.
Frente a este escenario, el desafío para la oposición no es menor; está debe ser capaz de enlazar lo que hoy está separado: la economía y la política. Explicar que la precariedad económica no es un hecho aislado, sino consecuencia directa de la falta de instituciones, es un paso esencial. A ello se suma la necesidad de decir la verdad sobre los tiempos —el cambio no será inmediato—, desmontar la ilusión de transformaciones superficiales y, sobre todo, organizar a la sociedad en torno a objetivos concretos que permitan acumular fuerza democrática de manera sostenida.
Venezuela no está en un punto de quiebre inmediato, sino en un proceso lento de reconfiguración del poder, donde el gobierno busca adaptarse sin ceder, la sociedad se adapta sin confiar y la oposición necesita reorganizarse para conectar ambos mundos. En este contexto, la relación entre actores internos y externos debe orientarse hacia la mediación y no hacia la sustitución del proceso político. La tarea no es prometer un cambio rápido, sino construir un camino creíble hacia el anhelado cambio: uno que articule institucionalidad, desarrollo económico y participación democrática como bases reales para la estabilidad y el futuro del país.
IG, X: @freddyamarcano
