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martes 24 de marzo 2026
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De las iguanas al sol: anatomía de una excusa eléctrica, por Alfonzo Bolívar

Durante décadas, Venezuela fue un país con una de las infraestructuras eléctricas más robustas de América Latina. No solo garantizaba su demanda interna, sino que llegó a exportar electricidad a países vecinos como Brasil y Colombia, gracias a su capacidad hidroeléctrica y a un sistema interconectado sólido y funcional.

Hoy, esa realidad parece lejana.

En la Venezuela actual, la crisis eléctrica no solo se expresa en apagones recurrentes. También se manifiesta en el discurso oficial que, con el paso de los años, ha ido mutando en busca de explicaciones cada vez más alejadas de las causas estructurales del problema.

Primero fueron las iguanas. Luego el fenómeno de El Niño. Más tarde el sabotaje, los ataques cibernéticos y las conspiraciones internacionales. Hoy, la narrativa incorpora un nuevo elemento: el llamado fenómeno solar, presentado recientemente como un factor que podría afectar el sistema eléctrico nacional durante un período de 45 días.

El fenómeno al que se hace referencia —el paso cenital del sol— es real y ocurre todos los años en países ubicados en zonas tropicales. Sin embargo, no existe evidencia técnica que permita afirmar que este evento natural pueda provocar fallas estructurales en sistemas eléctricos modernos.

La explicación, más que técnica, parece política.

Porque lo que no se menciona resulta más revelador que lo que se dice.

El discurso oficial omite elementos fundamentales que han sido señalados de manera reiterada por expertos y organismos independientes: la existencia de termoeléctricas inoperativas, la falta de mantenimiento en infraestructuras críticas, el deterioro progresivo del sistema de transmisión y distribución, y una creciente dependencia del complejo hidroeléctrico del Guri.

En efecto, Venezuela basa gran parte de su generación eléctrica en fuentes hidroeléctricas, con el Guri como eje central del sistema. Esta dependencia, sin una diversificación adecuada ni respaldo termoeléctrico eficiente, convierte cualquier incremento de demanda en un factor de riesgo.

Pero el problema va más allá de la estructura técnica.

Detrás del colapso eléctrico existe un historial documentado de corrupción y mala gestión.

Figuras como Nervis Villalobos, ex viceministro de Energía, han sido investigadas en distintos países por su presunta participación en esquemas de sobornos y lavado de dinero vinculados al sector eléctrico. A ello se suma el caso de Javier Alvarado, expresidente de Corpoelec, también señalado en investigaciones internacionales. En el ámbito empresarial, nombres como Alejandro Betancourt López aparecen asociados a contratos multimillonarios otorgados durante la llamada emergencia eléctrica.

Las cifras son elocuentes.

El caso Derwick Associates implicó contratos superiores a los 2.000 millones de dólares, con sobreprecios estimados en miles de millones adicionales. El proyecto hidroeléctrico Tocoma acumula retrasos prolongados y pérdidas que rondan los 3.000 millones de dólares. A esto se suman miles de millones asignados durante la emergencia eléctrica decretada en 2009, muchos de ellos destinados a obras que nunca se completaron o que hoy no están operativas.

No se trata de falta de recursos. Se trata de cómo se utilizaron.

El sistema eléctrico venezolano no colapsó por fenómenos naturales. Colapsó en medio de la mayor bonanza petrolera de su historia reciente, cuando los recursos estaban disponibles para fortalecer, diversificar y modernizar la infraestructura energética.

En lugar de ello, se consolidó un modelo basado en la adjudicación discrecional de contratos, la opacidad en la gestión y la ausencia de controles efectivos.

El resultado es un sistema vulnerable, incapaz de responder a picos de demanda, y sostenido por una infraestructura que no ha recibido el mantenimiento ni la inversión necesarios.

En este contexto, atribuir posibles fallas a factores como la incidencia del sol no solo resulta técnicamente cuestionable, sino que desvía la atención del verdadero problema.

Venezuela pasó de ser un país exportador de energía a uno que enfrenta interrupciones constantes en el suministro eléctrico.

Esa transición no puede explicarse por el clima, ni por la geografía, ni por fenómenos astronómicos.

Se explica por decisiones.

Porque al final, no son las iguanas, ni El Niño, ni el sabotaje, ni el sol.

Es la gestión.

Y esa, a diferencia de los fenómenos naturales, tiene responsables.

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