La historia de la humanidad está salpicada de hombres que encandilados por el poder, confundieron su mandato con la eternidad. Creyeron que sus tronos eran inamovibles, que su voluntad era la ley eterna, que la represión bastaba para callar la memoria de los pueblos y arrodillarlos sumisamente. Pero la música del poder absoluto tiene un final inevitable: un último vals, desentonado y sombrío, donde los tiranos bailan sin saber que están al borde del abismo.
Ese vals lo han danzado emperadores, dictadores y caudillos que pensaron estar blindados por la fuerza, el dinero mal habido y ejércitos o alianzas internacionales. Sin embargo, tarde o temprano, las luces se les apagan, las mentiras se vuelven imposibles de sostener y la historia dicta sentencia. Quien crea que puede escapar a esa regla, ignora las leyes inexorables del destino, especialmente cuando líderes contemporáneos declaran guerras abiertas, como Donald J. Trump contra los carteles latinoamericanos.
El espejismo del poder absoluto
Si nos trasladamos a la Roma Imperial, la historia relata que Nerón, se veía a sí mismo como un dios viviente. Se dice que, mientras Roma ardía, él cantaba y tocaba su lira. Lo que sí es cierto es que su poder no era tan sólido como el mármol travertino que revestía el Coliseo, en realidad era un poder muy frágil como el fuego que consumió la ciudad de Roma en el año 64 D.C. Su final ya sin una lira en las manos, fue un suicidio apresurado que muestra la lección eterna: la locura del mando absoluto termina devorando a su artífice.
Lo mismo ocurrió con Benito Mussolini en 1945, el gran Duce, que llenaba plazas repletas de multitudes que gritaban frenéticamente su nombre, mientras él estaba convencido de haber devuelto la gloria imperial a Italia. Y “tres doritos después” de esa fama frenética y apoyo irreductible de su pueblo, terminó siendo fusilado y su cuerpo junto al de su amante, Clara Petacci, exhibido en una plaza de Milán donde la gente lo apedreaba y hasta orinaba su cadáver.
Es fácil ver con estos ejemplos cómo el espejismo que envuelve a los tiranos de poder absoluto puede enceguecer a millones, pero, tarde o temprano, la marea de odio y rechazo popular irrumpe implacable cuando sus crímenes y abusos afloran para ser vistos por todos. Al final, ese espejismo solo basado en populismo y mentiras, estalla en ruinas y sepulta al tirano bajo sus propias falacias.
Cuando el miedo se instala
El miedo ha sido siempre el compañero de baile de los tiranos. Nicolae Ceau?escu, en Rumanía, transformó ese miedo en un sistema: discursos interminables, culto a la personalidad y una policía secreta que todo lo veía. Creyó que esa coreografía de control era infinita. Pero a finales de 1989, los rumanos, iracundos y enardecidos le retiraron su veneración y, en un juicio sumario que incluyó a su esposa Elena, lo sentenciaron a muerte. Inesperadamente, el estruendo de las balas puso fin al poderoso comunista hambreador que se creía inmortal.
Los tiranos no son muy creativos, repiten siempre la misma ecuación que consiste en rodearse de aduladores, construir propagandas demagógicas y usar la violencia para tratar de cercenar la libertad. Pero el miedo que siembran acaba siendo el peor de los boomerangs cuando la gente ya no le teme y entiende que los déspotas son débiles cuando el anhelo de cambiar el rumbo es firme y colectivo.
El crepúsculo de todo tirano
Recordemos el final de Luis XVI un tirano que ignoró las señales de hambre y miseria, confiado en que la sangre azul lo salvaría. Luis XVI fue rey de Francia (desde 1774 a 1792) y heredó una corona agobiada por la deuda y la desigualdad social. Su incapacidad para reformar el sistema fiscal y aliviar el hambre popular alimentó el descontento que desembocó en la Revolución Francesa. A principios de 1793 fue ejecutado en la guillotina,y de esta manera podemos ver, una vez más, que ningún déspota escapa a la justicia cuando el pueblo exige cambios, especialmente en este Siglo XXI donde distintos líderes como Macron, Meloni, Netanyahu, Rubio, aunque tienen posturas diversas, buscan moldear un mundo con mayor justicia.
También, podemos recordar cómo terminó Saddam Hussein, un narcisista que creyó que sus palacios dorados lo protegerían de la justicia. Fue sacado como una rata de un agujero en la tierra, desaliñado y sucio, muy distinto al invencible soberano todopoderoso que se creía. Acabó ahorcado, sin bienes ni palacios, y es aborrecido por “saecula saeculorum” por los iraquíes que entendieron que no existe nada más valioso que la libertad. Cabe agregar que hay algunos que ni machete tienen, como Noriega, quien pasó 27 años en cárceles de Estados Unidos, Francia y Panamá, aunque quizás por un gesto de compasión no merecido,terminó sus días en arresto domiciliario en una residencia de Coco del Mar. Espero que los lideres actuales no consideren ese destino para algunos que hoy, quizás ya huelen a formol, como dijo el detestable corrupto Andres Izarra sobre Franklin Brito.
La soledad final de los déspotas
Por lo general, los tiranos mas afortunados terminan desequilibrados, aislados y muy solos. Sus grandes “amigos” le dicen apoyarlos mientras los traicionan por 3 monedas o por su propio bienestar. Los generales que juraban lealtad desaparecen, los ministros que aplaudían se esconden, los cortesanos que callaban la verdad huyen en silencio y hasta los edecanes que le suministraban su “drogas recreacionales”, pueden darle esas drogas con veneno de ratas .
El final de Adolf Hitler en un búnker oscuro, rodeado de ruinas, lo confirma: quien edifica un imperio sobre el miedo acaba condenado a escuchar únicamente su propio eco.
La historia se repite una y otra vez: en sus últimas horas, todo déspota se consume en la angustia de elegir entre suicidarse antes de la muerte o una cadena perpetua donde sus derechos humanos serán ignorados por otros reclusos que no le tengan ni un gramo de simpatía. Ademas, son despojados de los tesoros que creyeron eran eternos y los relojes caros no le servirán ni para ver la hora, porque en la cárcel el tiempo deja de tener sentido y lo único que les queda es el infierno de su derrota. Solo les aguarda el desprecio del mundo, la burla de quienes aborrecen su legado de terror y el vacío sepulcral de su inmenso fracaso. Ni un vals, ni salsa, podrán bailar en sus días finales, solo tendrán la opción, con suerte, de cerrar los ojos y recordar aquellos días de gloria y saraos que nunca más se repetirán.
Dayana Cristina Duzoglou Ledo.
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