lunes 6 de abril 2026
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Armando MartiniOpinión

Cuando la democracia se gestiona como un portafolio de riesgos, @ArmandoMartini

En política internacional, la justicia rara vez es el objetivo. Estabilidad es la excusa. Y, cuando colisionan, la primera se sacrifica sin atrición. No sorprende, pero si reclama explicación.

Circula una idea que, por su audacia, merece ser examinada. Estados Unidos propiciaría elecciones en Venezuela cuando exista «equilibrio» entre las fuerzas políticas, para evitar un resultado exorbitante. La tesis es fascinante por lo sofisticado. Prioriza la forma sobre el fondo, y revela la intención de quien la diseña, más que sobre el problema a resolver. La pregunta, no es si Washington desea proporción, sino qué entiende por ella, y para qué lo usa.

En teoría democrática, la armonía emerge de la competencia libre. En la práctica geopolítica, se construye. No se trata de nivelar, sino garantizar que el resultado no desborde el límite establecido. Es gestión de riesgos, no arquitectura democrática.

Cualquier diagnóstico serio, confirma que María Corina Machado representa una fuerza de movilización popular muy superior a cualquier figura del espectro político. En condiciones de justicia competitiva, la elección no sería reñida, sino definitoria. Y ese carácter determinante, es lo que genera incomodidad en ciertos despachos. Por eso, la invitación y el arreglo protocolar de bienvenida a la Casa Blanca, dará una idea de lo que viene. 

Una victoria superabundante plantea el problema que cualquier ejecutivo experimentado reconoce, ¿quién controla el día después? No por razones morales. Sí, por pericia operativa. El poder no es un trofeo que se transfiere en las urnas; sino el diseño que se sostiene en lealtades institucionales, cadenas de mando y estructuras moldeadas durante años para resistir el tipo de ruptura que una victoria contundente implica. Lo que para el ciudadano es oportunidad histórica, para el estratega, es una ecuación de riesgo mal calibrada.

Desde esa lógica, estabilidad sin libertad, orden sin elección y control sin legitimidad; la idea del «equilibrio» no es prudencia democrática, es manual de ingeniería política básica. No se busca competencia justa; sino correlación de fuerzas que haga manejable la transición. En términos empresariales y corporativos, no es una fusión consensuada; es la adquisición administrada para evitar que el activo adquirido destruya el valor del portafolio existente.

Lo que explica la ambivalencia, al admitir la legitimidad del liderazgo de María Corina Machado, pero con reserva se le solicita esperar en aras de preservar la estabilidad. Por otro lado, se piropea la obediencia, y reconoce el esfuerzo disciplinado al construir espacios de viabilidad para la pulcra virginidad política y administrativa de Delcy Rodríguez, como operadora funcional, representante de la continuidad que avergüenza y ruboriza a la humillación, o en el mejor caso, la mutación controlada del oprobio. No es contradicción ideológica, es gestión de escenarios. Se privilegia la previsibilidad sobre la ruptura, y el control sobre la épica transformadora.

En ese esquema, la elección no es el punto de partida del cambio, es la fase de validación, ejecutada una vez que el rediseño del poder ya ha ocurrido en otros espacios. Primero se negocia la estructura; luego se legitima en las urnas. Venezuela congeló el calendario político, se priorizo evitar el colapso. Esto no es moral. Si poder. Así de crudo. 

Entonces nace la paradoja incómoda. Cuanto más auténtica es la voluntad popular, mayor el riesgo para los gestores de la transición. Por lo que, al moderar, y hacer el resultado «manejable», aproxima el proceso que apacigua, pero vacía de sentido la participación ciudadana. El eterno dilema entre libertad y gobernabilidad.

Una potencia no actúa como árbitro imparcial de la democracia, pensarlo es un lujo intelectual que la historia no avala. Las decisiones en política exterior se toman en función de intereses, no de simetrías electorales. Si el contrapeso llega a ser promovido, no será para garantizar equidad, sino asegurar que el desenlace no altere lo que comenzó a rediseñarse. Hay que entender este juego, en el que no gana quien tiene la razón, sino el que vislumbra el tablero. 

Pero, la hipótesis de partida contiene una verdad parcial; el tiempo electoral importa, no por el deseo de la competencia justa, sino por el requerimiento de un resultado administrable. Esa diferencia no es semántica; es el contraste entre democracia y simulacro. No es cuándo habrá elecciones ni quién las ganará. La pregunta que define: ¿será un instrumento genuino de cambio, o la culminación de un cambalache pactado, en otros términos, diferentes mesas, nuevos actores? 

Si la respuesta es lo segundo, el equilibrio no será una conquista democrática. Será escenografía. Y como toda tramoya bien construida, puede resultar convincente desde la distancia. Sin embargo, de cerca, donde viven los ciudadanos y no los estrategas, difícilmente resistirá el peso de la realidad.

@ArmandoMartini

 

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