viernes 3 de abril 2026
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Contra la dictadura de la claridad

Existe la perversa idea de que la verdad debe ser inmediatamente comprensible, legible, metabolizada. Y esta idea (o lema facilón) se ha convertido en el axioma central de nuestra época. Diría, incluso, que se nos exige una transparencia casi impúdica, donde el lenguaje se atrofia y todo pensamiento, por complejo que sea, ha de quedar reducido al endeble formato de un hilo de Twitter o a la estética plana de una publicación de Instagram. Ingentes candidatos al Nobel de la Estafa nos prometen “el sentido de la vida en cinco pasos”, como si existir fuera equiparable a montar un mueble por medio de instrucciones gráficas y versión en cinco idiomas. Pero lo cierto es que esta reprochable obsesión por la dudosa nitidez del instante no es más que una simulación de conocimiento, una pulida superficie que en realidad oculta los túneles subterráneos donde va gestándose el sentido de lo humano.

Frente a la panacea de lo evidente, creo que debemos reivindicar el muy loable derecho a la oscuridad. Esta reivindicación es más una honestidad intelectual que un simple capricho pasajero y elitista. Partamos de una premisa básica: el mundo no es claro. Habitamos un espacio de embriaguez conceptual insondable y repleto de matices y contradicciones. La gran filosofía y la poesía no oscurecen aquello que objetivan y exaltan por un gusto disciplinar, sino porque la misma realidad que nos circunda es un fenómeno opaco. Hay entonces una coherencia operatoria en el modo de aproximación a lo que diariamente vemos y sentimos. Nos advierte ya la tradición que la luz absoluta (véase Petrarca, pero nunca, por favor, Benedetti) ciega tanto como la sombra. Heráclito o Heidegger, en sus laberínticos caminos de bosque mental, no buscaban llegar al distrito de lo obvio, sino prender el fósforo que hace tintinear a la penumbra en la penumbra. Eureka. Ellos supieron que, en caso contrario, la claridad impuesta sería una extraña forma de borrado elemental

En nuestros días, la comunicación directa se nos presenta como un vestíbulo abierto, democratizador y unánime, pero representa un lugar simbólico y de poder donde el pensamiento se detiene y flaquea y hace aguas. El malabarismo de la palabra se ha vuelto vacío, diseñado exclusivamente para transportar datos que no dejan marca en el espíritu. Se espera que el docente, el artista o el pensador actúen como la madre que acompaña al novio al altar del templo, entregando la idea ya lista y puntual para ser captada de inmediato. No obstante, todo encuentro dialéctico (sujeto/objeto — individuo/pluralidad) debe vivirse en primera persona, dando sitio privilegiado al esfuerzo de la comprensión, al añejo arte de la hermenéutica. 

La poesía de Góngora o de Celan o, según sus etapas, de William Carlos Williams se incardina precisamente en esa empecinada resistencia. Sus versos no son, jamás, como pasos de cebra por los que cruzar tranquilo y con seguridad la calle de la semántica. A mí me convence más pensar que son linternas que proyectan sombras chinas sobre nuestra estabilidad racional. Una marea de cielo estrellado a la que ir soplándole las olas para alcanzar la tierra. Algo así, tal vez. El caso es que a menudo se acusa a esta gran literatura de ser “difícil”, pero justamente esa dificultad supone el desafío y el puesto de avituallamiento necesario para quienes no se contentan con chuscas acuarelas desvaídas. Hay que huir de la simplificación mercantil, de la atención devota al algoritmo, del ronroneo engatusador de la inteligencia artificial. 

Me inquieta ver cómo la universidad, con frecuencia, se ve forzada a estrechar su retícula para volverse más accesible. Tuve que enfadarme en más de una ocasión al escuchar que una determinada idea resultaba excesivamente densa para el gran público. ¿Y es que acaso no estamos todos humanamente heridos y jodidos por idénticas preguntas sin respuestas? De modo que disminuir el nivel promedio no es un acto democratizador, sino una falta de decoro y profesionalidad que fomenta la infantilización colectiva. El profundo pensamiento debe permitirnos, de vez en cuando, enloquecer de pura incomprensión, de pura abstracción en las nubes y habitar los días festivos de la imaginación donde no hay utilidades prácticas.  

La oscuridad poética es un tintineo que nos recuerda, así porque sí, que algo ahí afuera o aquí dentro se nos escapa. Es una imagen movediza que lucha por no ser capturada en un burdo pie de foto cualquiera. Al leer a un autor “difícil”, nos convertimos en lectores navegantes. No tengo abogados pero, si los tuviera, ellos también defenderían que la ambigüedad es un derecho literario fundamental, innegociable, hermoso. Aun así, persisten quienes defienden la claridad por otorgarle a esta una garantía de verdad sin mácula. La filosofía, con la correspondiente carga de rigor que le es propia, respecto a la vida cotidiana, debería funcionar como un periódico que no ofrece masticado y babeado el titular de turno y que nos obliga a cuestionar nuestra posición en el cosmos, y que corona de sueños al que mira más allá. Y en compañía de la poesía, esta tarea se vuelve todavía más útil cuando los conceptos no se apagan en una primera lectura de aproximación. 

Estas consideraciones nos llevan a entender mejor a Ordine cuando hablaba del triunfo de la mercancía sobre el espíritu. Se trata, en definitiva, de resistir, de preferir lo complejo a lo sencillo (sin abominar nunca de la tan famosa compleja sencillez) y, por supuesto, de mantenerse despierto en un mundo que se decanta por que durmamos bajo el imperial sol de la boba evidencia.   

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