
El Tribunal de lo Criminal del Ródano, en la ciudad francesa de Lyon, condenó este jueves al chileno Nicolás Zepeda a cadena perpetua por el asesinato de la estudiante japonesa Narumi Kurosaki, su exnovia, desaparecida en 2016 en Besanzón (este) y cuyo cuerpo nunca fue hallado.
El veredicto, que establece la culpabilidad por asesinato con premeditación, provocó una notable sorpresa en la sala al ir más allá de las requisitorias del ministerio público, que había solicitado 30 años de cárcel.
Durante la lectura de la sentencia, el acusado permaneció con la cabeza agachada y el rostro cubierto por las manos, sin apenas reaccionar. Minutos antes, en sus últimas palabras, había reiterado su inocencia: «No la maté, no pude ser yo», afirmó entre lágrimas, asegurando que lleva casi una década viviendo «en un infierno» sin conocer el destino de su expareja.

El anuncio de la pena de cadena perpetua estuvo acompañado por un suspiro audible entre el público que llenaba la sala.
La reacción emocional de la familia de la víctima fue inmediata: la madre, Taeko Kurosaki, y sus dos hijas rompieron a llorar y se fundieron en un abrazo con la abogada de la familia, en una escena de profundo dolor tras años de espera judicial.
El presidente del tribunal subrayó en la motivación que «la muerte de Narumi Kurosaki es cierta», pese a la ausencia de un cuerpo, uno de los elementos más singulares y debatidos de este caso.
La sentencia pone fin al tercer juicio en Francia contra Zepeda, después de que dos condenas anteriores, de 28 años de prisión, fueran anuladas por el Tribunal Supremo por un defecto de forma.

El ambiente en la sala quedó marcado por la conmoción y la sorpresa. Nadie esperaba que la corte impusiera una pena más severa que la solicitada por la Fiscalía. La decisión fue interpretada como una respuesta firme del tribunal ante la gravedad de los hechos y el convencimiento de la culpabilidad del acusado.
Además de la pena de prisión, Zepeda fue condenado a indemnizar a los familiares de la víctima con distintas cantidades económicas. Sin embargo, su defensa restó importancia a este aspecto y reaccionó de inmediato anunciando la presentación de un recurso de casación.
Los abogados del acusado se mostraron muy sorprendidos por la severidad del fallo y llegaron a comparar la condena con las impuestas en casos de terrorismo.
«Han castigado a Nicolás Zepeda por haber osado responder a la condena contra él y haber ganado en casación», dijo Sylvain Cormier, uno de los dos letrados del chileno, quien añadió que su cliente «recibe una pena que lo equipara a asesinos en serie y terroristas».
«Esa decisión es absolutamente injusta e injustificada», agregó.
Durante todo el proceso, la defensa había sostenido la tesis de la duda razonable y había reclamado la absolución.

El caso se remonta al 5 de diciembre de 2016, cuando Narumi Kurosaki, estudiante japonesa en Besanzón, desapareció sin dejar rastro. La investigación se centró en Zepeda, su exnovio, que había viajado desde Chile a Francia en las fechas cercanas a la desaparición de la joven.
A falta de confesión y de restos mortales, la acusación construyó su caso sobre un conjunto de indicios, entre ellos registros de audio, movimientos del acusado y testimonios, entre otros.
Este carácter indiciario convirtió el proceso en uno de los más complejos y mediáticos de la crónica judicial reciente en Francia.
La jornada final estuvo marcada por una fuerte presencia de medios de comunicación internacionales. Numerosos periodistas franceses, japoneses y especialmente chilenos siguieron de cerca el desenlace del juicio, reflejo del impacto que el caso ha tenido en los tres países.
Para la familia de la víctima, la sentencia supone un avance en la búsqueda de justicia, aunque no cierra las heridas ni resuelve el misterio fundamental: el paradero del cuerpo de Narumi.
Casi diez años después de su desaparición, el caso sigue rodeado de interrogantes, mientras la justicia francesa ha emitido su fallo más contundente hasta la fecha.
EFE
