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La semana pasada, Venezuela sonrió de verdad. En medio de tantas tragedias y sinsabores, nuestro país experimentó una alegría genuina: el triunfo histórico de la selección nacional en el Campeonato Mundial de Béisbol. Esa victoria no fue solo deportiva; fue un recordatorio de lo que somos capaces de lograr cuando nos unimos, cuando ponemos nuestro talento al servicio de un objetivo común, guiados por compatriotas íntegros, capaces y desinteresados.
Celebramos este triunfo todos los venezolanos: los que permanecemos dentro del país y los que nos encontramos dispersos por el mundo. Por primera vez en mucho tiempo, la alegría fue nuestra, y solo nuestra. No estuvo mediada por quienes usurpan el poder ni por intereses políticos mezquinos. Esto permitió que nuestro equipo se insertara en una organización internacional seria, donde la disciplina, el esfuerzo y la capacidad se transformaron en victoria.
De esta experiencia debemos aprender lecciones que trasciendan el deporte. Debemos aplicar los mismos criterios de excelencia y selección que llevaron a nuestros jugadores y cuerpo técnico a la cima en cada ámbito de la vida nacional: social, cultural, político y económico.
Primero, confianza en nuestra gente. Venezuela tiene talento en abundancia, dispuesta a ofrecer sus capacidades para reconstruir al país. La clave está en seleccionar a los mejores, en cada disciplina, sector, región y ciudad, para impulsar proyectos que superen la fragmentación social, el colapso institucional, la ruina económica y la devastación de nuestra infraestructura.
Recuperar la meritocracia es un desafío que no podemos postergar. Debemos premiar el conocimiento, el esfuerzo, la ética y la capacidad. Solo así lograremos metas de excelencia y restauraremos la confianza en nuestras instituciones.
Nuestro triunfo en el béisbol tuvo un elemento clave: la elección de un liderazgo adecuado. La dirección técnica y la selección de los jugadores no fueron al azar; fueron decisiones basadas en talento, compromiso y experiencia. Esta es una lección que toda sociedad debería aprender: una nación que no elige con sabiduría a sus líderes se expone a reveses graves, e incluso a caer en abismos. Así ocurrió cuando se confió la conducción del país a una logia militar encabezada por Hugo Chávez.
Los venezolanos debemos educarnos para elegir con criterio. Debemos exigir a nuestros dirigentes capacidades comprobadas, solvencia moral, sensibilidad, carácter y firmeza. No basta con la simpatía, el carisma o la locuacidad; la historia nos enseña que esas cualidades no sustituyen la integridad y la competencia. No pedimos seres perfectos, sino personas honestas, comprometidas y capaces.
Frente a esta tarea, tenemos un desafío cultural mayúsculo: reafirmar nuestra condición de nación, rescatar nuestro legado, fortalecer nuestros valores éticos y cultivar la voluntad de construir una sociedad de bienestar, libertad y justicia.
Esa tarea, cuando se cumpla, llenará a los venezolanos de la misma alegría que sentimos la noche del pasado miércoles 18 de marzo de 2026, cuando nuestro equipo levantó la copa y nos recordó, con un bate y un guante, que sí podemos ser grandes, unidos y libres.
