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En Venezuela, con el arribo del chavismo al poder en 1999, comenzó un proceso de destrucción institucional y social que ha terminado por arrebatarnos la República; aquella que forjó, en pensamiento y acción, la generación fundadora liderada por Simón Bolívar. Hoy no tenemos República. Lo que existe es un Estado forajido, tutelado por la mayor potencia del mundo, que trabaja —según el plan anunciado por el secretario Rubio— para estabilizar la violencia política impuesta desde un poder ilegítimo, recuperar la economía e impulsar una transición democrática. Sin embargo, para nosotros los venezolanos el desafío es mayor y trasciende cualquier plan externo: nuestro verdadero objetivo es restablecer la República.
Al hablar de «República», lo primero que evocamos son los textos fundamentales del pensamiento político. Recordamos a Platón y a Cicerón, los primeros filósofos en legar a la historia obras fundamentales con ese título. Desde aquellos tiempos, el ser humano ha reflexionado sobre la vida social, la organización de la comunidad y la necesidad de una autoridad que ordene la diversidad, norme la convivencia y promueva el bien común.
En ese contexto, Aristóteles —discípulo de Platón— nos habló del “Zoon Politikon”. Al definir al ser humano como un «animal político», planteó que solo podemos desarrollarnos plenamente viviendo en sociedad. Cuando conjugamos las ideas abstractas de Platón con el pragmatismo de Aristóteles, comprendemos el sentido profundo de la política que se consagró desde la antigüedad.
Rescatar la República supone volver a estos conceptos. Significa recordar que el ser humano solo se realiza plenamente cuando participa en la vida de la comunidad (polis). De esta visión surge el concepto de “idiotés”: aquel individuo que se ocupaba únicamente de sus asuntos particulares y se desentendía de lo público; es decir, de la política.
Restaurar la República exige, por tanto, reimpulsar el interés del ciudadano por lo público e implica asumir cabalmente la cualidad de ciudadano. No se trata de que todos seamos actores políticos militantes, sino de erradicar esa afirmación absurda y recurrente: “A mí no me importa la política” o “yo no vivo de la política, vivo de mi trabajo”. Venezuela se perdió porque sus habitantes se «desciudadanizaron». Entraron en el mundo de lo “idiótico” y el país cayó en manos de una camarilla que destruyó la República.
La restauración republicana supone elementos de orden político, militar, jurídico y económico; pero, fundamentalmente, contiene un elemento de orden espiritual y cultural en la base de nuestra existencia como país. Somos una nación hoy repartida por el mundo. Los venezolanos conformamos una comunidad humana que preserva elementos de identidad y vinculación con su esencia histórica, pero que requiere un reforzamiento de los pilares fundamentales de su existencia.
Debemos profundizar en esa dimensión espiritual y cultural para lograr nuestra permanencia en el tiempo y el espacio. La existencia de un territorio de casi un millón de kilómetros cuadrados, con el proceso de integración física logrado a principios del siglo XX, consolidó los elementos religiosos, lingüísticos, familiares, gastronómicos, musicales y literarios que nos solidificaron como una sociedad con identidad propia.
Necesitamos reforzar los valores positivos consolidados en más de cinco siglos de fragua nacional. La honestidad, el trabajo, la familia, la paz, la solidaridad, el amor a la tierra, la democracia y la libertad, requieren un nuevo aliento para convertirse nuevamente en los pivotes que sostengan nuestra existencia colectiva y permitan avanzar en el saneamiento moral necesario tras dos décadas de relajamiento de dichos valores.
La misión de recuperar la democracia y reconstruir la economía e infraestructura la podemos acometer con la diversidad y abundancia de talentos existentes; pero la convivencia civilizada y el trato honesto entre ciudadanos requieren un esfuerzo especial de educación y concienciación. Es más, se requiere un marco legal e institucional dispuesto a establecer esas normas de forma obligatoria, con sanciones por su inobservancia. Los pueblos, además de la revalorización espiritual, requieren de leyes y autoridades capaces de lograr una conducta civilizada y una convivencia respetuosa en familia y comunidad.
El daño antropológico generado en estos años de autoritarismo obliga a la formulación de un programa de elevación moral y educación ciudadana capaz de erradicar la violencia y la pillería, promoviendo el respeto y una sensibilidad profundamente humana.
Para rescatar la República debemos recuperar el Estado de derecho, la plena vigencia de la soberanía popular, la autonomía de nuestras decisiones como país, la ética ciudadana y un espíritu de confraternidad con nuestros vecinos. Pero esa República no será sostenible si no forjamos ciudadanos con la base cultural y espiritual descrita.
Será tarea de todas las organizaciones e instituciones reconstruir el Estado democrático. Comenzando por la familia, pasando por la escuela, la iglesia, los gremios, ONG, partidos y medios de comunicación; todos estamos en la obligación de forjar ciudadanía para la democracia, la paz, el trabajo creador, la justicia y la confraternidad. Es decir, para la nueva República de Venezuela.
