26.6 C
Miami
sábado 30 de agosto 2025
VenezolanosHoy
Armando MartiniOpinión

Calma chicha, por @ArmandoMartini

Pocas cosas resultan más peligrosas que la inmovilidad enmascarada de estabilidad. Tranquilidad donde nada cambia y todo empeora. No hace falta represión constante cuando la resignación se convierte en costumbre y la pasividad en rutina. A esa inercia paralizante se le conoce como calma chicha, una forma sofisticada de dominación. No necesita cadenas, basta con el hábito de no moverse.

Tierra cálida de sol abrasador, litorales de ensueño, montañas de fantasías, ciudadanos afables que alimentaron ilusiones y promesas políticas que se deshacen como papel mojado. Secuestrada por el sosiego y sueños vencidos, pero sin rendirse ni dejarse engañar por el silencio viscoso de una quietud que apesta a rancio. En el corazón del trópico, se ha elevado a categoría de arte, convirtiendo la crisis en parálisis, que ni el más audaz surrealista podría concebir. 

Mediocres del teatro, titiriteros con hilos rotos que agitan continuidades, amigos impresentables, feriantes con la destreza que convierten desesperanza en política de Estado, escasez e inflación en épica y miseria en tradición. Alardean de planes grandiosos con fanfarria de un circo, que cuando cae el telón se desvanece. 

La calma chicha, es un manto que cubre la ausencia de ideas bajo el pretexto; “enemigo externo”, “traidores”, “conspiración del imperio”, y otras estulticias, son fantasmas que aparecen en la postrimería, adueñándose con vehemencia calculada, mientras el país, refugio de indecentes, se hunde en un mar sin olas, cuyo único movimiento, son las humillantes colas para un manojo de alimentos en liquidación y fecha próxima de vencimiento. 

No les falta talento para el espectáculo. El vergonzante discurso es un monumento al vacío, la arenga bochornosa un himno a la falsedad, y la oda al estancamiento, exalta la nada misma. Prometen lo que nunca inician, superan lo que jamás enfrentan, venden prosperidad a través de propaganda reciclada y carteles descoloridos de embustes. La destrucción ha sido portentosa

Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en quienes ostentan el poder, o los de arriba. La sociedad, ese titán adormilado, contribuye a perpetuar. Exhausta de gritar, marchar, esperar, burlada una y otra vez, se ha acostumbrado al pantano inmóvil como quien se resigna a un dolor crónico.

Ciudadanos, genios de la supervivencia, estiran los ingresos como si practicaran magia, se ríen de la tragedia porque el llanto se agotó. En esta resignación forzada, la calma chicha encuentra su coronación. Y, por si fuera poco, florecen los discípulos colaboradores, eternos prometedores, convenientes charlatanes que no superan la fase del anuncio. Enredados en su laberinto de planes fallidos y en el convencimiento erróneo de que algo representan; han hecho su zona de confort, reuniones infinitas, diálogos imperecederos, comunicados que nadie lee ni le importan, y la pericia prodigiosa para tropezar con la misma piedra.

Mientras poderosos a costa del dolor y pudientes malhabidos, juegan con piezas quebradas, los amables cómplices y hábiles de la inacción no logran siquiera encontrar el tablero. Su silencio, disfrazado de «estrategia», es simplemente otro ladrillo en este muro de la holganza.

Lo punzante de la situación es su ironía. Donde todo grita urgencia, la calma chicha es el único mandato que se cumple riguroso. El gobierno evita gobernar, la sociedad sobrevive a duras penas, como sea, y la complicidad sigue ensayando su indigno papel.

Sin embargo, esta quietud no será eterna. En las profundidades del mutismo social palpita un rumor que crece a diario, una chispa que aguarda. Porque la enorme mayoría, liderada en la valentía genuina, el convencimiento, la certeza programática y la inspiración colectiva, revelará su naturaleza, no como epílogo de una historia agotada, sino como prólogo de acontecimientos que, inevitablemente, transformarán por completo el escenario.

El valor vence al miedo y al dolor, aguas quietas suelen preceder tempestades transformadoras. Y en esta aparente serenidad, ya se escuchan los vientos de cambio. La calma chicha no es paz, es anestesia colectiva. Un pacto tácito entre poder, cómplices y resignados; pero también, es cómoda para los que gobiernan y letal para quienes obedecen. 

Sin embargo, no hay estancamiento eterno, está una euforia silenciosa. La historia es cruel con los conformistas, y cuando el viento despierte, -porque despertará-, no pregunta quién estaba dormido, no quedará ni la retórica de cartón ni la solemnidad impostada de quienes confundieron gobernar con hacer tiempo.

@ArmandoMartini

Related posts

Redefinir el Futuro de la Industria de Petróleo y Gas Parte III: La Implementación, por Néstor Suárez

Prensa venezolanoshoy

Vicente Brito: Producción, factor clave de la economía

Prensa venezolanoshoy

Luis Manuel Aguana: Defensa civil opositora

Prensa venezolanoshoy