Tomar la iniciativa de comenzar una carrera universitaria desde cero es una experiencia que puede generar entusiasmo, pero también mucho temor. Esto es aún más desafiante para quienes empiezan en la universidad después de los 40 años de edad.
Ese fue el reto que asumieron Marcos Hernandez y Dinorah Martínez, quienes han entendido en el camino que no hay edad para aprender y desarrollarse profesionalmente.
Ambos empezaron a estudiar carreras universitarias después de los 40 años en dos universidades públicas, donde el mérito académico y el esfuerzo constante son vitales para salir adelante.
“No quería quedarme sin estudiar”
Dinórah Martinez, de 52 años de edad, es una mujer con una familia grande, pero también una emprendedora porque se dedica a un negocio de costura desde su casa, en Caracas. A los 50 años de edad la invadió la idea de sacar finalmente una carrera universitaria, aquella que no pudo hacer en su juventud.
“Hace tres años saqué mi bachillerato en un liceo nocturno, ya que en la adolescencia no lo terminé y luego me dediqué a trabajar, a cuidar de mis hijos y hacer cursos las veces que podía, pero siempre quise estudiar. No fue fácil tomar esta decisión, porque tuve un padre maravilloso, pero rígido, que me corregía con palabras fuertes y eso me hizo sentir que no podía y que los estudios no eran para mí”, contó Dinorah en una entrevista para El Diario.
Cuando estaba por cumplir los 50 años la invadieron pensamientos contradictorios, en lo que batallaron su deseo por estudiar con la idea de que a esa edad para qué iba a empezar en la universidad. Cuenta que la ayudó hacer distintos tipos de psicoterapia, en las que trabajó sus sentimientos, motivaciones y toma de decisiones.

“Lleno mi solicitud de la OPSU (Oficina de Planificación del Sector Universitario), ya que estaba recién graduada. Quería estudiar Psicología pero bueno, por circunstancias de la vida no pude, y escogí estudiar Educación Especial, aconsejada por otra compañera de mi edad”, explicó.
Consiguió un cupo para hacer esta carrera en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) en la ciudad de Caracas, pero antes de empezar debía hablarlo con su familia, de quienes recibió total apoyo.
“La verdad es que sentía miedo de empezar y no poder continuar o no poder lograrlo. Incluso me buscaba excusas yo misma: cuando le dije mi horario a mi esposo pensé que él me diría que no podría hacerlo o que no me convenía porque tenía que atender mi negocio y a mis hijos, pero su respuesta fue que le parecía maravilloso y decirme que yo sí podría hacerlo”, comentó.
Al compartir la noticia con sus hijas, también recibió apoyo total y eso le ayudó a motivarse aún más. Para ella representó un paso muy importante en su vida, porque antes de eso había priorizado lo que otros querían y no su sueño de hacer una carrera.
La brecha generacional
Aunque Dinorah no es la única mujer mayor de 40 años estudiando esa carrera, la proporción en comparación con los estudiantes jóvenes es abrumadora.
“La mayoría de mis compañeras son jóvenes, y solo somos tres mujeres maduras de más de 50 años. Ha sido una experiencia maravillosa, porque a pesar de ser chicas bastante jóvenes, son sumamente inteligentes y tienen un cúmulo de conocimiento espectacular, he compaginado con todas y de cada una de ellas he aprendido muchísimo”, comentó.
Cree que la brecha es realmente grande cuando se trata del uso de la tecnología y las redes sociales, a ella se le dificulta esa parte, pero ha sido necesario aprender a manejar herramientas tecnológicas para avanzar en la carrera.
Cuando sus profesores mencionan alguna red social y plataforma web que no conoce, lo anota todo en su cuaderno y espera a llegar a su casa para investigarlo. El ser “multitasking” también fue un desafío, porque tuvo que aprender a equilibrar, desde el primer semestre, el estudio, con su vida familiar y su emprendimiento.
“El primero fue un semestre en el que lloré muchísimo, porque sentía que no podía, hacía las tareas desde que llegaba a casa hasta las 12:00 am, pero no quería dejar la universidad, y ya para el segundo semestre conversé con mi familia y con mi esposo sobre cómo me sentía y decidieron colaborar más en todo”, dijo
Una de sus hijas, que aún está en bachillerato, le insistió en que no dejara la universidad y le ofreció ayuda en lo que necesitara. También se apoyó en tres compañeras de clase que se solidarizaron con ella para que se pusiera al corriente.
“Dejé el trabajo fuerte y ahora solo trabajo por encargos, ya que esto me permite dedicarle más tiempo a mis estudios, a mi hogar y a mi familia. Ahora me organizo con un horario para mis actividades, las realizó en el orden de entrega, tengo un calendario en mi escritorio con las fechas pendientes por entregar, pido ayuda sin pena, pregunto, indago, investigo y cuando son exposiciones las preparo con mucho tiempo de antelación”, detalló.

Hoy Dinorah sueña en grande, en sus planes está recibir su título de licenciada en Educación Especial y a futuro abrir un centro de desarrollo integral con un equipo interdisciplinario para atender a niños, niñas y adolescentes con discapacidades. Comentó que su paso por el Taller Educación Laboral Propatria, como parte de sus actividades académicas, fue una inspiración y esa calidad humana que vio en los docentes es algo que ella quisiera alcanzar.
“Nunca fui una persona entregada al estudio”
Marcos Hernandez, de 43 años de edad, heredó sus conocimientos de apicultura de su padre, él produce miel desde que era un adolescente y aunque mantiene su oficio también se está formando en la Universidad Central de Venezuela, sede Maracay (Aragua), para convertirse en ingeniero agrónomo.
Él nació y creció en Maracay, ciudad en la que su papá tenía varios apiarios. Sin embargo, la expansión de la ciudad hizo que se produjeran los espacios verdes y los productores tuvieran que migrar las colmenas a otros estados con siembras de frutas y flores.
Durante la pandemia por covid-19 pasó la mayor parte del tiempo en ciudad natal y a medida que el país retomó su normalidad ante la caída de los contagios, la universidad volvió a sus actividades regulares.
“La UCV estaba abandonada, sola, pero un día pasó en bicicleta un amigo, en realidad es mi compadre, y vio movimiento en la universidad. Preguntó y le dijeron que estaban abriendo las inscripciones. Como él fue estudiante hace muchos años se reintegró y me dijo que si quería comenzar a estudiar yo también”, dijo Marcos en entrevista para El Diario.

A Marcos le gustó la idea y ambos se propusieron estudiar con calma, a su ritmo, como si se tratara de un hobbie, pero con el tiempo se dieron cuenta de que si querían avanzar debían exigirse un poco más. Esa sobreexigencia se convirtió en una fuente de estrés importante cuando su suegro se enfermó y asumió su cuidado junto a su esposa.
“Mi suegro estuvo muy mal de salud después de una operación y nosotros debíamos cuidarlo, prácticamente era como nuestro hijo y con todo el tema de las clases y el trabajo tuvimos muchas altas y bajas en cuanto al estrés y lo económico porque él necesitaba medicinas y una dieta especial”, detalló.
Mientras cuidaba de su suegro, su salud también empeoró presentando un problema en la columna que casi le hace abandonar la carrera. Años atrás, una serie de dolencias y cirugías en la columna ya lo habían alejado de la universidad, cuando estudiaba para sacar un título de técnico superior universitario en Publicidad y Mercadeo.
“Yo nunca fui entregado al estudio, cuando salí del liceo lo que sí hice fue trabajar y cuando entré en el tecnológico, un poco después de un año tuve que dejarlo porque entre tanto operación perdí la secuencia del estudio”, agregó.
Ponerse al corriente
Marcos Hernandez admitió que la ingeniería no es fácil, para ponerse al corriente ha tenido que hacer cursos por fuera de áreas como Matemáticas, Química e Informática, aunque esto ha significa bajar su rendimiento en la producción y venta de miel.
“Si no hacía esos cursos no entendía, yo me imaginaba que iba a ser difícil, pero no hasta este punto. Aparte siento que esta universidad va muy rápido y te enseñan muchos objetivos en un semestre”, explicó.
Aunque algunas materias se le dificultan, no quiere resignarse a aprobarlas, porque confiesa que se enamoró de la carrera. El ser mayor que muchos de sus compañeros también ha sido una motivación para esforzarse, porque tanto él como su compadre quieren ser un ejemplo para los más jóvenes.
Agradece también la posibilidad de estar en una casa de estudios muy conectada con la naturaleza. Sus áreas verdes y las actividades relacionadas con botánica son algo con lo que compagina.

“Hemos hecho muy buenas relaciones con nuestros compañeros jóvenes y de verdad estoy disfrutando mucho la carrera. Nunca pensé que la iba a disfrutar tanto en el sentido de que le estoy echando pichón porque quiero aprender cada día más en esta universidad”, añadió
Esas relaciones que ha entablado también le han permitido hacer negocios con compañeros que son agricultores y que necesitan de las abejas para polinizar sus plantas. Al pensar en el futuro, Marcos se proyecta con su título de ingeniero a cargo de una industria que preste servicios de polinización en todo el país y así permitirse juntar sus dos pasiones.
“El éxito significa algo diferente para todos, pero para mí es estar tranquilo y hacer lo que a uno le gusta, disfrutarlo. Porque a uno desde chico le meten la idea de que todo es hacer plata, pero el verdadero éxito es hacer lo que te apasiona”, agregó.
Marcos empezará su cuarto semestre y a la par ya está pensando en qué hacer como trabajo de grado para obtener su título. Al igual que Dinorah, la experiencia universitaria le hizo cambiar su forma de ver el futuro y pensar cómo puede aportar algo al país con sus nuevos conocimientos.
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La entrada Aprender no tiene edad: historias de quienes volvieron a las aulas después de los 40 años se publicó primero en El Diario.